En el 2013, el gobierno prometió que la producción de crudo mexicano en el 2018 alcanzaría 3 millones de barriles diarios. En el momento se escuchó como una promesa exageradamente optimista.

Hoy es una promesa incumplida. Entre la promesa y la realidad, de hecho, hay un boquete de 1 millón de barriles diarios. Son 21,900 millones de dólares al año, con precio de barril de 60 dólares.

Es una historia ya muy contada. Pero tiene una parte menos conocida: la “promesa” original la hizo Pemex. En marzo del 2013, meses antes de que se planteara la reforma energética, Pemex presumía que, para el 2018, podría llegar a producir unos 3 millones de barriles diarios. Resumiendo, el detalle de estos planes, Cantarell y Ku Maloob Zaap se quedarían produciendo en los niveles de aquel entonces. Dos nuevos campos en aguas someras producirían unos 280,000 barriles diarios. Chicontepec alcanzaría una producción de 200,000 barriles diarios. Los campos maduros agregarían una producción de unos 190,000 barriles diarios.

Ya con la reforma en plena ejecución, todas éstas son oportunidades que, aunque siguen siendo parte del portafolio de Pemex, no han dado los resultados esperados. Claro que hay atenuantes: los precios cayeron y ello implica menores inversiones. Pero ni la palabra del gobierno, abogando por la reforma, ni la de Pemex, antes de la reforma, se ha cumplido.

La lluvia de críticas por el incumplimiento de la promesa, sin embargo, se ha concentrado sólo en el lado de la reforma —que es lo suficientemente novedosa para que se le lleve cuentas a rajatabla. A través de una serie de comparativos y acusaciones, voluntariamente o no, está pagando el precio de los dichos del gobierno.

Pemex, en cambio, ha traído un buen paraguas. Puede ser por la larga tradición de las dependencias gubernamentales. Al inicio de cada sexenio, es mejor prometer mucho para pedir mucho. Con su deuda pegada al riesgo soberano y sus acciones en posesión de un solo accionista, Pemex nunca ha enfrentado consecuencias significativas de mercado por ejecutar esta estrategia. Si se alcanzaron los pronósticos pasado, ya nadie se acuerda.

Además, este espacio nunca ha sido sobre el pasado. Lo que nos debe importar son los patrones para analizarlos hacia futuro. ¿Se podría volver a sobreprometer?

Por supuesto que existe la posibilidad de que se vuelva a sobreestimar el potencial del nuevo modelo en un plazo determinado. Pero la llegada de organismos y analistas independientes, como la Agencia Internacional de Energía, le cierra las puertas a la exageración. No deja de ser interesante que el acercamiento a la Agencia, que trajo consigo el Mexico Energy Outlook, haya sido a petición de parte de uno de los que sobreprometió (el gobierno), aun cuando contradijo muchos de sus pronósticos iniciales.

En Pemex, en cambio, aún no queda claro que haya un nuevo mecanismo para cerrarle el paso a expectativas y promesas infladas. Algunos ven la solución en una segunda reforma. En algunos casos, esto tiene la cara de una oferta pública inicial, que pusiera una minoría de las acciones entre el gran público inversionista. Contrario al mercado de deuda para una petrolera estatal, los mercados de acciones castigan fuerte la pérdida de credibilidad a partir de sobrepromesas. En lo que eso llega (o no), estar más pendientes del historial de promesas y propuestas, de todos por parejo, sería muy útil.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell