Una de las características odiosas de López Obrador es su incapacidad de ver la realidad en otra manera que no sea binaria: “chairos” y “fifís”, “mafia del poder” y “pueblo”, “conservadores” y “liberales”. No sé por qué razón es incapaz de darse cuenta que la realidad es gris, que está llena de crestas y valles, aire limpio, aire contaminado y una mezcla de ambos, de árboles, de hojas y de edificios.

Y en particular, además ha vendido a algún sector de la población que la administración pública era en buena medida una vaca de ordeña al honrado limpio, parte de la mafia del poder, que había que poner en cintura. Y que me perdone esta vez el señor presidente, pero no es justo meter —y vender la idea— que la administración pública está constituida por señores de escritorio, que lucen caros relojes y disfrutan de los últimos coches, acompañados de sus costosos choferes.

No niego la necesidad que había de una retabulación de sueldos en el sector público, pero fue injusto —repito— ponerlos a todos bajo el mismo saco.

Y hablo por mis colegas profesores de universidades públicas que llevan años sin percibir sus salarios completos; los policías que perciben salarios míseros —arriesgando la vida por el bien de todos—, y aquellos pensionados que en sus trabajos como burócratas no se enriquecieron ni un centavo —los hay, puedo dar fe de ello— y que ahora “disfrutan” pensiones miserables, difíciles de creer para el tecnócrata que viene del extranjero. Hablo por aquellas personas talentosas —las hay en abundancia en el sector público—, a las que la nueva política de contrataciones y sueldos está orillando a renunciar a mansalva y a “reinventarse” a los 60 años para buscarse nuevas formas de ganarse la vida; aquellos que tendrán que continuar en el gobierno pese a su indignación e injusto consentimiento ante nuevos salarios. Y ello, tomando en cuenta por un lado que en muchos casos se cometieron grandes injusticias, a la par que generará una caída de ánimo en la motivación de muchos burócratas, que tendrá fuertes efectos en la economía —como ya estamos viendo por el desabasto de Pemex, la huelga de algunas universidades, el aumento de la violencia, la paralización completa del sector energético gracias a las inteligentes políticas de la secretaria Rocío Nahle —mejor, chale—, que han causado la renuncia completa de organismos autónomos, y la pérdida de mercancías por su imposible manera de hacerlas llegar a los centros de distribución.

Y mientras tanto, no se vale echar la culpa a los conservadores, a la “mal intencionada” prensa extranjera, a cómo nos dejaron las cosas los que se fueron. Mientras el presidente no reconozca las tonalidades de la realidad, se puede llevar por corbata las “tonalidades” de mexicanos que habitan este país. Es la gestión de incompetentes, que diría el autor de aquel bestseller español que acompañan a la cabeza porque los ha elegido uno a uno, por lo que no se puede victimizar en todo lo demás —algo en lo que es maestro— cuando la única culpa la tienen él mismo y su incompetencia, empezando por la administración pública competente, que existe a millones en este país y que López Obrador está desaprovechando y desapareciendo.

*Máster y doctor en derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del Área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife& Caballero.