El Diccionario de la RAE define desarrollo “evolución de una economía hacia mejores niveles de vida”. Yo agregaría “en los aspectos económico, social, moral, científico, cultural, etcétera”. La palabra desarrollo, tras la revolución industrial, se prostituyó. Desarrollo no significa generar más riqueza de manera constante. Significa avanzar y mejorar. Pese a que en muchas áreas del conocimiento hemos progresado en los dos últimos siglos, nos hemos pegado estrepitosos batacazos, como con la contaminación.

Unas semanas parando la actividad económica habitual sirvieron para que la Unión Europea redujera su contaminación del aire de media un 50%, según datos de la Agencia Europea del Espacio, 10% más de reducción del que prometió en la Cumbre del Clima de París. Es cierto que esta reducción de emisiones vino acompañada de un parón económico sin precedentes desde el crash del 29, y no es algo que busquemos para ninguna economía. Reducción de emisiones no significa no crecer, significa transitar hacia un modelo económico hipocarbónico y sostenible. ¿Es eso posible? Sí, entre 1990 y 2016 la Unión Europea redujo las emisiones 23% mientras que la economía crecía 53 por ciento. ¿Por qué? Porque mejora su eficiencia de recursos y consumos.

Las claves para conseguir entrar en esta dinámica son inversión en ciencia y tecnología y eficiencia de recursos. No estoy diciendo que el modelo de desarrollo de la Unión Europea sea el ideal, pero es de los modelos que más se acerca, si no el que más, a una sostenibilidad real que genera un bienestar adecuado.

La crisis nos tiene que servir para repensar nuestra forma de vida, producir y progresar. ¿Tiene sentido estar diariamente tres horas en el tráfico para desplazarnos a un puesto de trabajo para realizar una tarea que podemos hacer en casa? ¿Es deseable quemar combustibles fósiles teniendo en toda América capacidades de producción de energía mediante fuentes renovables? En España, según datos de Red Eléctrica de España, en 2018 el 38.4% de la energía eléctrica provino de fuentes renovables, 5.7% fue solar. Sólo el desierto chihuahuense tiene una extensión superior a toda España. El potencial que tiene América en su conjunto es cuasi ilimitado. Aclaro que del cálculo excluyo la energía nuclear, que en mi opinión no es renovable, aunque sí hipocarbónica.

Para lograr el desarrollo no es necesario pensar sólo en grandes obras públicas que generen pomposas y faustas inauguraciones. Hay una gran cantidad de pequeñas acciones que podemos cambiar con voluntad política. Pongo un ejemplo personal: vivo en un condominio en la Ciudad de México donde los vecinos derrochamos agua. ¿Por qué? Porque no sabemos cuánto gastamos cada uno ya que hay un contador general y el consumo total se divide entre las viviendas. He intentado realizar este trámite por convicción ecológica pero choco con un muro: al menos el 51% de los usuarios tienen que estar de acuerdo. ¡Si a las juntas vecinales no va más de una décima parte! La política pública debería construir una responsabilidad individualizada que genere bienestar en el colectivo.

Desarrollo no significa construir de manera ilimitada viviendas, sino que cada ciudadano tenga un lugar digno donde vivir. No es que cada familia tenga al menos un choche, sino que tenga cómo moverse y llegar a su destino de una manera digna. Tampoco es que un tercio de la comida del mundo se pierda o desperdicie según la FAO, si no que no haya ningún ciudadano que pase hambre. Desarrollo no es crecimiento económico, es construcción de bienestar.

Circula en redes sociales una frase que se supone se tomó en las protestas de Hong Kong que dice “No podemos volver a la normalidad porque la normalidad que teníamos era precisamente el problema”. Y eso es claramente lo que tenemos que hacer: construir una nueva normalidad, esta vez sí sostenible.

* Alejandro Cubí es Director de Desarrollo de Negocio e Internacional en Tirant lo Blanch.

Twitter: @Alejandro_Cubi