Si en México se dieran medallas por corrupción, seríamos ganadores permanentes del oro.

Al momento de escribir este texto la presencia mexicana en el medallero olímpico es igual a la de Kirguistán...No. Corrijo, porque la ex república soviética ya se apuntó el bronce en levantamiento de pesas.

Mientras los héroes olímpicos, esos que resumen el citius, altius, fortius que durante años fue emblema de la competencia, rompen récords y regalan estampas. En nuestro país, los reportes son tristes y lastimeros. Los mexicanos hemos aprendido a ver las Olimpiadas como quien se saca una rifa o de pronto se encuentra una medalla de bronce en la caja de cereal.

La incompetencia para organizar a los atletas en una delegación competitiva y digna recae en media docena de organismos, campeones en el deporte de lanzamiento de bolita y el triple salto de pretexto. Como dice Don Wilson en un artículo reciente en Esquire: si en México se dieran medallas por corrupción, seríamos ganadores permanentes del oro.

Basta darse una vuelta por los dos programas de cobertura en nuestra TV (por decirle de algún modo a la hora de #yorio de ESPN o su infumable contraparte en FoxSports) para ver cómo los productores se las ven en terribles aprietos con el material de los atletas mexicanos.

Durante la primera semana #yorio dedicaba medio programa a seguir los avatares de la selección de futbol y su fracaso. Después a confirmar los oscuros augurios con las derrotas en Tiro con Arco y Clavados sincronizados. Disciplinas donde se obtuvo presea en Londres 2012, y donde se presumía teníamos aspiraciones al podio.

En gimnasia, nuestra única competidora, Alexa Moreno, alcanza el lugar 12 en salto de caballo. A cambio recibe una sangrona e insensible campaña en redes sociales, donde se le criticó por su figura, comparándola, entre otras cosas, con un cerdo.

En el país del barril de cangrejos dispuestos a todo para que nadie escape del fondo, las redes sociales y sus venenosos hashtags son la herramienta ideal para descargar nuestro famoso humor mexicano a costa del aquel que se atreva a intentar destacar un poquito en el panorama internacional.

Como respuesta, algunos artistas inician una contracampaña celebrando a la gimnasta con ilustraciones positivas. La noticia de los ataques a Alexa da la vuelta al mundo sumando a la imagen del público mexicano. Si alguien se pregunta por qué ya no nos ven a los mexicanos como antes, que no sólo piense en la nota roja, los secuestros y la corrupción del gobierno. Como carta de presentación tenemos el grito de puto en el futbol y el linchamiento de nuestra única competidora de gimnasia femenil.

Es lugar común decir que los aislados triunfos en el medallero deben más al sacrificio individual y familiar de los atletas que a la existencia de un soporte institucional. Los expertos deportivos ya no hablan sobre deportes, sino sobre política y desencuentros económicos. Las explicaciones son harto conocidas: entrenadores cambiados de último minuto, uniformes con talla equivocada, presupuesto corto acá y extraviado allá, el pleito por los patrocinios, delegaciones incompletas, presupuesto perdido en falta de transparencia y burocracia. El evento que deberíamos celebrar con orgullo vuelto un listado de las carencias y vergüenzas de nuestra competitividad nacional e institucional.

Para suplir la falta de triunfos y las eliminatorias lastimosas, los resúmenes de la tele olímpica han creado un segundo medallero: el latinoamericano. Como si en esta escala, diminuta y tercermundista, se pudiera aspirar a algo. Pero el cero sigue siendo cero. Incluso los Atletas Olímpicos Independientes, esos que desfilan solos, sin país, suman ya dos medallas (México no se ha ido en blanco desde 1928).

Si por el gobierno fuera, se darían medallas de aluminio por disposición o por participar . Las estrategias viables para la política, que suele compensar la ausencia del Estado con derrames de presupuesto, spots y tortas en tiempos de campaña electoral, no son suficientes cuando se trata de crear escuela, de invertir al largo plazo en constancia y mentalidad.

Quizá sea más sensato mirar los juegos ondeando la bandera blanca de los aros: volvernos una suerte de público olímpico independiente. Celebrando la maravilla que son Michael Phelps y Usain Bolt. Compartiendo unas lágrimas con la nación boricua por su triunfo en tenis, primer de oro en la historia de Puerto Rico. Dejándonos conmover por la corredora de Bahamas que se lanza de cabeza para cruzar la meta centésimas antes que sus rivales, o por la fortaleza mental de la arquera coreana que con toda la presión del mundo dispara tres flechas seguidas en el centro de la diana.

Lo peor es que este tipo de diatribas no sirven para mucho. Se escucha la misma indignación y frustración cada competencia deportiva internacional. Los mismos pretextos, misma condena mediática institucional, mismas lastimeras historias de los atletas, misma presencia en los sótanos de las listas del medallero. Y entonces, el penúltimo día, una pelea de box inesperada, una patada heroica en Taekwondo, una flecha o un jinete fantasma se cuelan en el podio: ¡Nos sacamos una medalla!