Si hay un delito que me repugna es el abuso sexual en contra de menores o adultos. Muestra no solo la vulnerabilidad e indefensión física del acosado frente a un acto de poder en su contra, sino el inicio de una afectación psicológica importante que lo marcará de por vida.

El acoso o abuso sexual, y desde luego la violación, no nos confundamos, no son eventos que muestran el apetito sexual irrefrenable o lujurioso de un sujeto, son más bien conductas en donde el acosador quiere demostrarse a sí mismo y a la persona sometida que es muy poderoso y que puede dominar a cualquiera.

Estos sujetos, no los disculpemos, no están locos o enfermos, saben perfectamente lo que están haciendo y lo hacen con lucidez y con plena consciencia. Sí, podemos hacer psicoanálisis barato con ellos y decir que todo lo que hacen tiene una explicación freudianamente construida, probablemente, pero… la delgada línea roja que separa la insensatez de la maldad, en estos casos se queda del lado de lo malvado, al menos eso pienso.

Los casos de abuso de los que muy desafortunadamente hemos tenido noticias en los últimos días, por demás lamentables, preocupan y nos hacer reflexionar sobre que tanta ambición y deseo de dominación cabe en algunos seres humanos.

El candidato a gobernador de Zacatecas, David Monreal, que de pasadita y como sin darse cuenta le agarra la nalga a una joven; el diputado Saúl Huerta que cobijándose en su fuero queda impune después de acosar a un chavito de 15 años a quien había “contratado” como su asistente; el Sr. Mario Delgado, dirigente nacional del partido en el poder y la candidata de Morena al gobierno de Nuevo León, Clara Luz Flores, a quienes se les ha señalado como miembros del grupo NXIVM, y al final, para no olvidarlo nunca, el Sr. Salgado Macedonio y sus cinco denuncias por acoso y violación son ejemplos lamentables de lo que estamos viviendo.

Las mujeres, las niñas, los jovencitos, las madres, los hombres de bien, no podemos tolerar esto y no debemos permitirlo en ningún partido político sea el que sea; en ningún funcionario, en ningún candidato, ni en ninguna empresa, ni en ningún un hogar, ni en ningún espacio posible.

Terrores nocturnos, estrés postraumático, disociaciones, dificultad para establecer relaciones afectivas, frigidez, impotencia, trastornos de personalidad, deseos de venganza, amnesia selectiva, fracaso escolar, problemas psicosomáticos, conductas delictivas, depresión, ansiedad ataques de pánico o ira incontrolable, son todas ellas posibles secuelas o efectos secundarios de estos abusos.

El tema es muy serio y complejo desde el punto de vista psicológico. Las heridas emocionales que deja este tipo de acoso pueden no cerrar nunca y aunque hay una cifra negra en todos los países del mundo, debo decir que existe un porcentaje significativo de personas que ven destruidas sus vidas después de una experiencia de este tipo. Muy triste e injusto.

Cumplir y hacer cumplir la ley es el primer objetivo para que esto no suceda, basta de impunidad ante estos delitos. Basta de complicidad “entre hombres” y “hacerse de la vista gorda” ante estas conductas, no son un chiste.

Los ciudadanos debemos exigir a quien sea que nos gobierne se tome este terrible delito muy en serio y de una vez por todas se decidan a combatirlo, no a solaparlo.

En Los Motivos del Lobo, Rubén Darío, este gran poeta nicaragüense, puso estas palabras en boca de Francisco de Asís: el hombre tiene mala levadura… en estos tiempos casi estoy por creerlo. Sin embargo, no me quiero dar por vencida.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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