Un enemigo de la inflación ha sido la depreciación brusca que tuvo el peso frente al dólar al inicio del año, lo cierto es que ha iniciado un rebote en los precios.

El índice de la inflación subyacente, que elimina factores volátiles como los precios de los alimentos y los energéticos, ha mostrado una tendencia descendente desde mediados del 2009.

Quizá con algunos picos quincenales, pero la fotografía de la inflación core de México era inmejorable: una baja constante desde casi 6% hasta niveles cercanos a la siempre deseada meta de 3 por ciento.

La recuperación económica tras la gran recesión iba acompañada de una baja inflacionaria, lo que le facilitó las cosas al Banco de México para mantener las tasas en niveles aceptablemente bajos para una economía emergente como la nuestra.

El banco central mexicano ha logrado una enorme credibilidad en su lucha inflacionaria, lo que ha permitido que se fije en la mente colectiva que la inflación está más cercana a 3% que a cualquier otro número.

Esto ayuda en las expectativas inflacionarias de los agentes económicos. Se fijan precios con esa meta en la cabeza, se acuerdan salarios con base en ese margen. Y como en los viejos pactos económicos de finales de los ochenta, el único que se da permisos para subir precios más allá de ese nivel es el gobierno con sus precios y tarifas.

Pero esa estabilidad siempre está amenazada por diferentes factores y México ha enfrentado una serie de impactos negativos constantes que le pegan a la inflación.

Desde los incrementos constantes en los precios de los energéticos que afectan otros precios. En el caso nacional, un tema básico es la falta de un abasto adecuado de gas natural y el alto precio al que se coloca entre la industria.

Las gasolinas esconden en sus incrementos mensuales, superiores a la inflación, el temor de una autoridad que no se atreve a poner fin a una distorsión tan absurda como es usar miles de millones de pesos para su subsidio. La política actual de precios es una bomba de tiempo inflacionaria.

El precio de los alimentos se ha disparado en todo el mundo, lo que constituye una terrible noticia social, aunque pudiera tener un impacto moderado en las mediciones generales de precio.

Sin embargo, la permanencia de precios altos de los productos agropecuarios acaba por extenderse a muchos otros productos que presionan sus precios a la alza.

Al incremento mundial en los precios de los alimentos hay que sumar el efecto negativo que tuvo en la economía mexicana el episodio de gripe aviar, que ciertamente limitó la oferta de huevo y creó un fenómeno especulativo que todavía se sigue notando en las mediciones de precios.

Otro enemigo de la inflación fue la depreciación brusca que tuvo el peso frente al dólar al inicio de este año. Ya no importa si las malas noticias llegaron de Grecia, de China o de España, lo cierto es que la cotización incumplió el análisis, convertido en promesa, del Banco de México y de la Secretaría de Hacienda, de que el peso habría de regresar a las cotizaciones anteriores. Eso no sucedió.

Así que todo eso frenó la baja de la inflación subyacente, que tocó ese piso cercano a 3% a mediados de este año, y ha iniciado un rebote que se tiene que tomar en cuenta.

El Índice Nacional de Precios al Consumidor lleva varios meses fuera de la frontera que se permite el banco central y realmente no se tiene la expectativa de que pudiera bajar en las quincenas por venir, más allá de las coyunturas estacionales.

La radiografía de la inflación por objeto de gasto nos arroja una terrible realidad, no sólo los alimentos o los energéticos están fuera de la meta. También los precios de salud, educación, muebles, restaurantes y hoteles están fuera de la meta.

Salvo ropa y vivienda, el resto está fuera de lo permitido. El análisis de ciertos productos específicos nos lleva a confirmar que en México existe una peligrosa inflación de dos dígitos.

Ahora los sindicatos están de moda porque luchan junto a sus partidos políticos aliados, para evitar la transparencia y la democracia interna, pero podrían ponerse de moda por sus exigencias de incrementos salariales del doble de la meta inflacionaria.

Los agentes económicos que hasta ahora han contenido precios para no salir del mercado podrían decidir aumentos ante la realidad de que los incrementos de sus proveedores también son una amenaza real para su actividad.

Así que el Banco de México debe iniciar ya una batalla, no solamente contra la inflación, sino contra todo eso que está sucediendo en la economía y que pone en peligro su gran reputación y enorme credibilidad.

ecampos@eleconomista.com.mx