Pensar en el bien superior

¿Cuándo debería la autoridad hacer valer la ley? ¿Es lo mismo un grupo de inconformes que permiten la entrada al transporte público en Guadalajara sin pagar, que un grupo que toma las casetas de las autopistas para cobrar la “voluntaria” cooperación? ¿Sería lo mismo si el segundo grupo no utilizara su acto de protesta para hacerse de recursos?

Hace años, un pequeño patinaba en la explanada del Museo de Arte Contemporáneo de la UNAM, una persona de seguridad le pidió a la madre que se retirara porque estaba prohibido patinar. Al pedirle que le mostrara el reglamento, señaló un letrero hecho a mano que se sostenía en una alejada esquina, ante la discusión, una patrulla de la institución llegó para reforzar la seguridad por la amenaza que representaban los dos trasgresores de la ley: mi hijo de entonces cinco años y yo. Ni modo, son las reglas. Curiosamente ésas son las reglas que se hacían valer en una institución que tiene un auditorio tomado, es cuna del narcomenudeo y desde donde transmite una estación de radio ilegal, Ké Huelga, violando normas federales.

Siempre he creído que de forma tal que se respeten las “grandes” reglas, tenemos que empezar por las más simples y pequeñas. Nada puede marchar bien en una sociedad en donde se permite que sus ciudadanos tiren la basura libremente en la calle, y no respeten los pasos peatonales. Aunque pareciera que aquí nos atoramos en todas, las pequeñas reglas y las grandes leyes.

Si analizamos cada uno de estos casos, podemos deducir que la legalidad se aplica cuando tiene el menor costo económico y político. Lo que termina dejando en mayor condición de vulnerabilidad a los grupos más pequeños. Aunque la aplicación de la ley no debería considerarse como una vulnerabilidad, lo es cuando se decide arbitrariamente quién es sujeto de ésta y quién no.

“Yo no seré represor”, son las palabras que llenan la boca de quienes se encuentran en el poder. Siento darles esta noticia, pero cuando se trata de hacer valer la ley, reprimir es parte del trabajo.

Las decisiones que se toman para manejar la vida económica y social de un país no son muy distintas de aquellas que se toman al interior de una familia que se espera funcione. Y quien piense que hacer que un país o una familia funcionen adecuadamente es tarea fácil, se equivoca. En una familia quien juega el papel del represor sabe que cargará con el estigma del “papá malo”, pero lo hace porque más allá de su vanidad está el interés superior de que las cosas funcionen y criar personas de bien. Ese interés superior, es el que debería regir sobre quienes nos gobiernen.

En otros temas y, para terminar, pido como José José, un aplauso, pero no para el amor, sino para los malos periodistas, los que se resisten a la tentación de quedar bien con el poder. Porque los periodistas que no quedan bien con el gobierno, siempre quedan bien con el lector, y eso, nos beneficia a todos.

Pamela Cerdeira

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana

Columna invitada

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana. Conduce el programa "A Todo Terreno" en MVS Radio. Ha escrito para diversas publicaciones y trabajado en distintos espacios en radio y televisión.