Como se recordará, Yanis Varoufakis (YV) fue el ministro de finanzas de Grecia durante el turbulento verano de 2015. Acaba de publicar un libro con el recuento de su experiencia al enfrentar a la llamada troika en la renegociación de la deuda externa de su país. Como sabemos, el resultado no fue el deseado por YV desembocando en su renuncia a escasos seis meses en el cargo y en condiciones de repago y de ajuste macroeconómico mucho más severas que las planteadas antes de la crisis. YV en su libro no reconoce sus errores y atribuye el fracaso de su gestión a la inflexibilidad del FMI, del Banco Central Europeo y del gobierno de Estados Unidos. Los acusa de haber impuesto su ortodoxia y no haber tenido una mente abierta a su enfoque heterodoxo que hubiese – según el – recuperado a la economía con un costo social menor. El título del libro lo dice todo: Adults in the Room: My Battle With the European and American Deep Establishment.

YV se considera a sí mismo como un economista “profundamente revolucionario y heterodoxo”. Lo recuerdo en una conferencia en México en 2014 donde con toda arrogancia nos dijo que toda la economía ortodoxa que nos habían enseñado en las universidades ya no servía para nada. Nos decía que hoy se requiere un enfoque macroeconómico con “sentido social”. Se presentaba en el mundo dando estas conferencias cual rock star, con gestos histriónicos acordes para transmitir que él era un verdadero revolucionario de la ciencia económica: el Nobel le quedaba chico. Salí de esa plática pensando que YV era un fanfarrón y que su pensamiento más bien era de un profundo populismo económico y que sus recomendaciones causarían más daño que remedio. En 2015, ante la profunda crisis financiera de Grecia, el pueblo eligió un gobierno radical de izquierda (el partido Syriza) y a Tsirpas como primer ministro. YV ya había participado con el equipo negociador de la deuda en el gobierno anterior. Él no era miembro de Syriza, pero Tsirpas lo consideró como el posible salvador de la crisis y lo nombró ministro de finanzas. La gestión de YV fue accidentada y de confrontación desde su inicio. En el libro dice que sus contrapartes ignoraban su análisis y propuestas. A los alemanes los acusa de haber tenido “persianas ideológicas” que los hacían axiomáticamente opuestos a cualquier planteamiento de alivio de deuda. Al staff del FMI los tilda de tener mentes rígidas, egos enormes y modelos económicos defectuosos. Tsirpas tampoco sale bien librado, pues lo califica como indeciso y cobarde. Al final, el experimento populista y heterodoxo de YV llevó a un estruendoso fracaso.

YV padeció el típico síndrome del populista financiero: sus políticas, aunque con buenas intenciones, no bastan cuando se impone la realidad: restricciones presupuestales y costos a enfrentar. Cuando un gobierno incurre en desórdenes fiscales y endeudamiento insostenible, la única salida responsable es pagar las consecuencias con un ajuste realista. El populismo económico cree que hay atajos a ese ajuste y que se puede revertir rápido. La evidencia es amplia de que esto no es posible, y el episodio de YV es una reciente lección de ello.  El fracaso de YV de implementar políticas macroeconómicas heterodoxas es una importante lección para “ya sabemos quién” y para cualquier político que crea que el populismo es una actitud progresista.

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