La buena o mala justicia no sólo afecta el desarrollo político, sino también alienta u obstaculiza el desarrollo económico.

No es para nada un tema menor reconocer la importancia que tiene un sistema de justicia independiente, fuerte y eficiente como uno de los pilares sobre los que se sostiene una nación. Jürgen Habermas, el filósofo alemán poseedor de una de las mentes más lúcidas de todos los tiempos (ubicado por algunos, incluso a la altura de Aristóteles y Platón) destaca atinadamente en su obra que la legitimación del poder político se sustenta en la ejecución constante de una ética jurídico-social basada en el raciocinio ilustrado. En otras palabras, el filósofo sostiene que un modelo de justicia efectivo y eficaz es elemento necesario para el correcto desarrollo de las sociedades.

Democracia y Justicia son dos caras de la misma moneda. Puesto que es el sistema de justicia el que permite la vertebración de todos aquellos subsistemas que influyen de manera protagónica en la construcción de una sociedad cada vez más plena y es la fortaleza jurídica y jurisdiccional de la que depende que el Estado posea una democracia autónoma, sana e independiente.

La buena o mala justicia no sólo afecta el desarrollo político, sino que es también un aliciente o un obstáculo para el desarrollo económico, los agentes económicos buscan entornos que garanticen sus inversiones, potencialicen su productividad y generen riqueza, aquí no es suficiente con tener un claro y contundente entramado legal, lo determinante es que éste se cumpla. Sólo así se genera seguridad y certeza.

Un desarrollo económico sostenido y creciente genera paz social, armonía y mejores relaciones entre los individuos, por tanto es inconcebible disociar la justicia del desarrollo económico y de la paz mundial.

Para el caso de nuestro país, debemos reconocer que uno de los problemas más graves que tiene nuestra nación es el endeble andamiaje que actualmente tiene el sistema de justicia, no tanto por su diseño, sino por los incentivos que éste tiene para no observarlo o para evadirlo, es decir; es un sistema que ha sido contagiado también por el cáncer que representa la corrupción, la impunidad, los abusos del poder, el tráfico de influencias, la arbitrariedad y el nepotismo.

Por ello, la discusión profunda del sistema judicial que el México de hoy necesita, debe acelerarse; no debe quedar únicamente en las grandes pero pausadas reformas que nos tienen en una aletargada transición a la que no se le ve fin.

El nuevo sistema oral no encuentra su verdadero acomodo en el entramado institucional debido a que, desde mi perspectiva, le falta ser aderezado por un cambio cultural.

Debemos cambiarle el chip a todos aquellos que buscan la ganancia, antes que la justicia, el beneficio antes que la razón.

Debemos romper el paradigma en México que ve a la justicia como un elemento utópico no tangible; este cambio de época representa la oportunidad de preguntarnos qué sociedad queremos. Muchos, al menos como principio, desearíamos una sociedad más justa.