Cuando el banco central de Japón decidió subir las tasas de interés para controlar la burbuja, el sector privado y los bancos entraron en una crisis de solvencia que obligó al gobierno a efectuar un rescate del sistema bancario ?e implementar una serie de estímulos fiscales.

A la avalancha de indicadores económicos débiles en gran parte de los países de la eurozona ha revivido las comparaciones y acentuado las similitudes entre la década perdida de Japón en los 90 y la situación actual del viejo continente. La década perdida de Japón comprende el periodo de 1990 a 1999, durante el cual la economía japonesa estuvo sumida en una prolongada recesión que marcó a toda una generación.

Tanto la década perdida de Japón como la crisis actual que vive gran parte de Europa empezaron después de un periodo de gran prosperidad, caracterizado por un incremento desmedido en los niveles de apalancamiento del sector privado y la creación de una gran burbuja especulativa en el sector inmobiliario, que, al reventar, devastó al sector financiero y desató una ola sísmica con implicaciones dramáticas para el resto de la economía.

En el caso de Japón, la burbuja se dio principalmente en el mercado residencial y el mercado accionario. El principal índice bursátil de ese país, el Nikkei, triplicó su valor en menos de cinco años, pasando de 11,500 puntos a principios de 1985 a un máximo de casi 39,000 puntos a finales de 1989 (cabe destacar que el Nikkei ha tenido episodios temporales de recuperación pero que hoy se ubica cerca de los 9,500 puntos).

Cuando el banco central de Japón decidió subir las tasas de interés para controlar la burbuja, el sector privado y los bancos entraron en una crisis de solvencia que obligó al gobierno a efectuar un rescate del sistema bancario e implementar una serie de estímulos fiscales que deterioraron las finanzas públicas del país de manera significativa (el superávit público de 2.4% en 1989 se convirtió en un déficit superior a 10% para 1998).

Además de los estímulos fiscales para reactivar a la economía, el banco central de Japón redujo las tasas de interés a cero en un intento por reactivar el crédito y el consumo. La economía comenzó a crecer, en gran medida, gracias a las exportaciones. Sin embargo, la economía interna se sumió en un estancamiento que acabó por contrarrestar el dinamismo del sector exportador.

El comportamiento de los consumidores cambió de manera permanente, las familias japonesas aumentaron su tasa de ahorro, disminuyeron su demanda de crédito y restringieron su consumo considerablemente.

Las similitudes no paran ahí: en ambos casos fue necesario un rescate del sector financiero, con el cual se trasladó el problema de apalancamiento del sector privado al sector público.

En ambos casos, el déficit del sector público aumentó de manera desmedida como resultado de los estímulos fiscales y del rescate bancario.

En ambos casos, las tasas de interés bajaron a mínimos históricos, (en el caso de Japón a cero), y los balances de los bancos centrales se expandieron de manera considerable para estimular la liquidez y proveer de financiamiento a aquellos agentes incapaces de hacerlo en los mercados públicos.

Una similitud adicional es la dinámica demográfica caracterizada por un inevitable envejecimiento de la población, que plantea un dilema de finanzas públicas y seguridad social, que necesariamente implica un ajuste a los esquemas de jubilación y de recaudación.

Sin embargo, también hay diferencias importantes. Europa mantiene un motor de crecimiento importante llamado Alemania, un motor que se ha beneficiado de un euro débil y que tiene recursos e incentivos para contribuir a reactivar la economía y sanear las finanzas de sus vecinos. A diferencia de Japón, Europa tiene cierto grado de movilidad en su mercado laboral y la aparente voluntad política para implementar las medidas necesarias para evitar una década perdida.

No obstante, la ruta europea hacia la recuperación apenas comienza. Aunque tal vez Europa pueda evitar una década de recesión, se ve difícil que pueda evitar una década de estancamiento. A diferencia de Estados Unidos, la productividad no ha crecido durante la crisis, con la excepción de Alemania. Tal vez la diferencia más importante con la crisis japonesa es que el Banco Central Europeo ha logrado mantener las expectativas de deflación en un nivel bajo mientras que, en el país asiático, las expectativas de deflación se convirtieron en una profecía autosustentable.

A pesar de la resistencia alemana, las autoridades europeas saben que es más fácil recorrer el camino conocido de reducir el déficit fiscal con la ayuda de la inflación que virar por el camino incierto de la deflación.

joaquinld@eleconomista.com.mx