Me llama Mario muy enojado porque a pesar de que ya se registró en la página gubernamental para recibir la vacuna, aún nadie le ha llamado por teléfono para agendar la cita. “¿Para qué estuvimos tres días haciendo ese esfuerzo? Nadie me ha llamado ni me ha mandado correo”, me dice furioso. 

Yo no puedo más que recomendarle paciencia, explicarle que aún no comienza la fase de vacunación de los adultos mayores y que cuando comience será, por decir lo menos, más lenta de lo que cree. “¿Y entonces para qué me registré?”, me dice colérico con groserías en medio de la frase.  No queda más que comprender su ira y buscar algo de optimismo: quizá el registro sirva para poco, le digo, pero la situación es tan crítica que no hay que dejar pasar ninguna oportunidad, por promesa oficial que sea, para acercarse a la vacuna. 

Mario es quizá más impaciente que el promedio. Pero su desesperación y enojo es compartida por muchos de los más de tres millones de personas que esperan la vacuna en febrero. 

Dejo de pensar en que la impaciencia social se agita a pesar de la terapia ocupacional que significó el registro, y veo un ánimo totalmente distinto en el mundo de la ciencia. Ahí hay gozadera porque la ciencia se impondrá, porque fue esta y no las estampitas religiosas ni el agua de lluvia en luna llena la que demostró que el conocimiento sólido acumulado y probado es capaz de modificar el destino del hombre y los peligros de su entorno. ¡Lo logramos!, dice la comunidad científica mientras se afana en conseguir más y mejor conocimiento para prevenir, detectar y tratar al virus. 

Sí, lo lograron y conseguirán más, pero entre ellos y la desesperación individual se acuesta enorme la ineptitud gubernamental y la perversidad política. Los científicos lograron lo que se veía imposible en un tiempo asombrosamente corto, pero los gobiernos del mundo (al menos el nuestro y muchos más) alejan de la gente las respuestas de la ciencia, entorpecen la difusión del grial que encontraron las mentes más brillantes del planeta. 

Mario está decepcionado a pesar de que sólo han pasado unos días de su registro. Aún no llega a la fase de comprender que la vacuna, a sus más de 70 años, tardará más de lo que se imagina y mucho más de lo que se emociona después de escuchar en la mañana a su presidente (nuestro presidente) decir que hay carretadas de dinero para las dosis requeridas por los mexicanos.

S no entiende por qué no puede ir a una de las 26 mil unidades de salud que hay en el país para ponerse la vacuna. No entiende por qué tiene que esperar a que llegue una de las 10 mil brigadas a su zona. 

S está muy enojado, pero ahora que comprenda que tras los gigantescos pasos de la ciencia, su salud está en manos de los liliputenses más brutos de la burocracia nacional, va a estallar, y a ver cómo lidia esta administración con la ira de los mayores a los que tanto ha procurado. 

Mientras, yo sólo pienso que el mercado va a rebasar en algún momento a los gobiernos más lentos, a los gobiernos como el nuestro.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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