La indecencia del populista parece ser esa descortesía ante la compañera de vida, la grosería que hace a los antecesores en la silla, el menosprecio a los subordinados, la imprudencia en el micrófono y la cobarde patanería ante los sucesores en la oficina.

Pero no es eso. La indecencia del populista reside en su peligrosa altanería. Esa que lo hace creer superior a la historia, que lo hace sentir el representante de la voz del pueblo, que lo conduce a menospreciar a la ciencia, que lo orilla a desmentir los datos, porque siempre tiene otros.

La indecencia del populista es la altanería que lo lleva a considerar que abandera a los buenos frente a la existencia de los malos. Es la altanería que le provoca ceguera ante los abusos de los suyos. La altanería que le hace creer que combate la corrupción mientras su equipo protege a los abusivos y él indulta a los suyos, la altanería que le hace pensar que es un patriota cuando pasa por encima de la ley, la altanería que le ocasiona orgasmos de nacionalismo cuando divide a la sociedad de su propio país. 

Estoy hablando de Trump, por supuesto, pero no sólo de él. De él y de todos los populistas del mundo. Esos personajes que por alguna macabra broma de la historia son considerados “outsiders” (forasteros, exóticos), por alguna perversa distorsión de los electores, “genios o mesías” y por una mala interpretación de la política, disruptivos. 

No son nada de eso. Ojalá. No son Quijotes, aunque también tengan problemas con la realidad. Son altaneros egoístas que rebasan los límites del pecado estándar para generar esperanzas con mentiras grandilocuentes, con su carisma mesiánico, con su micrófono potenciado en redes o en ruedas de prensa cotidianas, con un diagnóstico acercado a la realidad y con soluciones distantes de la cordura. 

Los populistas son altaneros. Desprecian la ley y enaltecen lo que llaman justicia. Descalifican la crítica y dignifican sus propios datos. Envilecen a los adversarios y glorifican su propio papel en la historia. Fustigan el statu quo oligárquico y construyen un statu quo autoritario, vengativo y corrupto. Vilipendian a las clases privilegiadas de antes mientras se unen a estas. 

Esos son los populistas. De izquierda y de derecha. Incansables trabajadores con una altanería patológica y peligrosa para la vida en sociedad. Lo que consiguen es agujerar instituciones, degradar valores de convivencia y bendecir el destructivo odio interno. La ojeriza que se tienen en Estados Unidos los trumpistas y los demócratas es equivalente, si no mayor, a la ojeriza que tenían los norteamericanos frente a los enemigos soviéticos en los años de la guerra fría.  

Ese es el capítulo que se cierra con Donald Trump. La indecencia populista derivada de la altanería patológica del ex presidente. Lo que llega con Joe Biden no es la panacea. No es la utopía norteamericana. No necesariamente es la decencia y no estoy segura de que sea la reconciliación, pero lo que se puede y debe afirmar es que llega la normalidad gubernamental. Esa que despreció la voz de los inconformes y produjo el populismo. Esa que tiene parámetros de comportamiento predecibles y que se ajusta a los marcos normativos. Esa normalidad de los pecadores estándar que es moldeable, castigable, perfectible, cuestionable, predecible y, sobre todo, rotativa. Se van. En cambio, la indecencia del populista siempre ronda la definitividad en el poder. 

Esta vez no lo lograron. Adiós Trump. Cambiemos de tema. 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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