Desde que era pequeño, mis padres y mis abuelos me inculcaron el hábito del ahorro. Tenía una alcancía y muchas veces que había alguna moneda —por ejemplo el cambio que le sobraba a mi madre— la depositábamos ahí. Todavía recuerdo lo mucho que me emocionaba sentir cómo se iba llenando y el peso que iba adquiriendo. Pero, sobre todo, cuando ya no le cabía ninguna más: era momento de romperla y contar todo lo que había juntado, para comprarme algo que me gustara.

Cuando empecé a salir con mis amigos, en la preparatoria, mis padres me daban dinero. Nunca en exceso y por lo general menos que a mis amigos, ya que en casa éramos tres hermanos, vivíamos de un sueldo y la economía familiar siempre estaba apretada. Aún así, siempre lograba que me alcanzara.

En la universidad, me dijeron que me iban a dar una cantidad fija por quincena, para mis gastos personales: transporte, comida (iba todo el día a dicha institución) y también para pagar cualquier salida que tuviera. No les podía pedir nada más: tendría que aprender a administrarme.

Entonces, tomé una libreta y calculé los gastos de transporte y el costo de la comida. Me quedaba casi nada para poder hacer algo más: apenas me alcanzaba. En mi cajón de los calcetines, tenía una cartera vieja y desgastada que mi padre había desechado, que tenía varios compartimientos, uno de ellos secreto. Separaba así el dinero de la gasolina, el de los alimentos y dejaba algún sobrante para eventualidades. Sabía que, si los amigos organizaban una salida nocturna, tendría que portar dinero y no podría pedirles más a mis padres.

A medida que pasaban las semanas, me fui haciendo mejor en el manejo de mi dinero. Empecé a llevarme comida —sobrantes— de la casa para no gastar en alimentos ese día. Llevarme el coche implicaba tener que ponerle gasolina, por lo cual muchas veces utilizaba el metro y el transporte colectivo. También comencé a dar clases particulares de matemáticas a estudiantes de otras carreras que necesitaban ayuda —y estaban dispuestos a pagar por ella. Así iba generando excedentes que guardaba en la cartera para cuando pudiera necesitarlos.

Aprendí entonces que el dinero es un bien escaso y que, por lo tanto, es fundamental aprender a administrarlo correctamente. No podía hacer todo a la vez: si quería salir con mis amigos, tendría que dejar de gastar en otras cosas que en ese tiempo eran menos importantes. En otras palabras: había prioridades.

Cuando empecé a salir con una amiga, que hoy es mi esposa, empezamos sin querer a hablar de dinero. A veces se nos antojaba ir a un restaurante que estaba un poco por encima de nuestras posibilidades y juntábamos el dinero para poder hacerlo. Lo pagábamos entre los dos. Eso nos ayudó mucho en nuestra relación porque la comunicación nunca fue un obstáculo, particularmente en un tema toral.

hoy en día estoy convencido que forjarme el hábito del ahorro como estudiante universitario, haber aprendido a manejar mi dinero y a priorizar, ha tenido una enorme importancia en mi vida. Lo mismo pienso de la comunicación con mi pareja. Ella y yo nos casamos y desde el primer día comenzamos, juntos, a administrar con consciencia el poco dinero del que disponíamos. Siempre pudimos ahorrar y por eso pienso que todas las personas pueden lograrlo. Es un tema de voluntad y no de cuánto dinero ingresa al hogar.

El dinero, nos guste o no, es algo cotidiano. Tomamos decisiones financieras muchas veces en el día, desde salir por un café a un costado de la oficina hasta decidir entrar al cine a ver una película de estreno. Se necesita para conseguir cosas para vivir hoy, pero también en el futuro. Pero es limitado y no podemos hacer todo al mismo tiempo. Para poder hacer algo hoy, tendremos que sacrificar otras cosas. Lo mismo si queremos alcanzar un objetivo en el futuro que sea importante. La correcta administración de nuestro dinero se convierte, así, en un asunto de prioridades.

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Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com