Muchos en la izquierda dicen que las causas de casi todos los problemas de la ciudad son el desempleo y la pobreza, desde luego, provocados por políticas neoliberales. Sus técnicas de análisis y su modelo lineal simple no admiten más variables. La delincuencia, la falta de oportunidades económicas, la erosión de la competitividad, la degradación casi generalizada en la calidad de vida y en el espacio público, y la fealdad que denigra y agobia a los habitantes de la urbe se explican así con sencillez. La izquierda y sus motivaciones y discurso orgullosamente abstractos y justicieros llegaron al gobierno local en el DF hace 15 años.

Sin entender el verdadero lenguaje de la ciudad, les pareció ajeno, tecnocrático y trivial el esencial compromiso con los bienes públicos urbanos y un trabajo eficiente de intendencia. El aseo, la dignidad de los espacios públicos, la gracia arquitectónica, la funcionalidad cívica y belleza en el equipamiento de la ciudad no era lo suyo. Como la revolución no se pudo hacer, quisieron al menos mantener vivo su espíritu. Los pobres eran primero en los años del Gran Líder. Pero ignoraba o quería ignorar que la solución única a los problemas de los pobres pasa obligadamente por bienes públicos y educación de calidad, capital humano e inversión privada que genere empleos formales bien remunerados.

Además de pretender mimar a los pobres con dádivas, que no resolvieron nada más que cierta lealtad electoral, desde los años del Gran Líder se oficializó el subsidio más costoso, contraproducente y depredador: entrega y privatización de los activos públicos (el espacio público) en favor de organizaciones de vendedores ambulantes adscritas, por supuesto, al partido oficial. Es su derecho, hay desempleo . Sus acólitos lo han justificado y proclamado sin pudor, como si no fuese un negocio muy rentable para las extensas redes de corrupción delegacionales que los protegen y expolian.

En los hechos ha sido la piedra angular de una putativa política social y columna vertebral de su estructura partidista corporativa en la ciudad. Así, casi todo el espacio público del Centro Histórico (fuera de las manzanas más emblemáticas) se ha consolidado como lumpen-propiedad privada de un inmundo comercio informal. El gobierno actual ha intentado una rectificación con las recientes y encomiables recuperaciones de Madero, Plaza de la República y una pizca de Garibaldi. Pero como oasis, sólo contrastan con la incuria urbana acumulada que las rodea.

Chapultepec también ha sucumbido; en sus secciones primera y segunda ha sido expropiado por vendedores ambulantes y tapizado de abyectos montones de basura; igual que la Alameda Central. Los paraderos, las estaciones y áreas de transferencia modal de transporte público han sido cedidos exitosamente al comercio informal, a la suciedad y al hedor.

Como muestrario pestilente y doloroso es indispensable visitar las inmediaciones de casi todas las estaciones del Metro, el paradero de Indios Verdes, las inmediaciones del Centro Médico y del Hospital General, el Metro Chapultepec, Tacubaya y Avenida Jalisco, el centro de Tacuba y los Viveros de Coyoacán sobre Avenida Universidad, además de innumerables glorietas, parques y plazas. Es la degradación del espacio público más inmediato, cotidiano e íntimo de las grandes mayorías, de los pobres reales o supuestos, y símbolo inequívoco de una institucionalidad y gobernanza perversas.

Han destruido el capital urbano; erosionado la competitividad de la ciudad; ofendido la dignidad de sus habitantes; promovido la ilegalidad; ahuyentado la inversión, el turismo y el empleo; prohijado la inseguridad y la delincuencia, y lo peor, privado a los más pobres de bienes públicos esenciales.

Nosotros, los demás, aunque nos duele, tenemos cómo suplirlos. Es huella que han dejado 15 de años de izquierda en la ciudad y que, aun frente a ciertos avances en los últimos años (que a pesar de todo, los ha habido), marcará definitivamente el balance final.