En este espacio se ha discutido previamente la difícil situación que enfrenta la seguridad alimentaria mundial, donde hacia el 2050 será necesario duplicar el actual volumen de producción para poder satisfacer las necesidades alimentarias de una población en crecimiento.

La problemática tiene un origen multifactorial, y como tal, las estrategias que se diseñen en torno de la misma deberán de considerar a los diferentes actores y roles en las cadenas alimentarias.

Por el lado de la oferta el debate se ha centrado en cómo hacer más eficientes a los sistemas mundiales de producción, ante condiciones climáticas, económicas y productivas volátiles y heterogéneas; sin embargo, muchas veces olvidamos el papel que juega el consumidor final en la eficiencia y sostenibilidad de los sistemas alimentarios.

De acuerdo con información de la iniciativa Save Food de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), a nivel mundial, alrededor de un tercio de todos los alimentos que se producen se pierden o se desperdician en las etapas de producción y consumo final.

Esto representa aproximadamente 1,300 millones de toneladas de alimentos desperdiciados cada año, de los cuales, 670 millones de toneladas son desperdiciadas en países industrializados, y 630 millones, en países en desarrollo.

De acuerdo con FAO, el total del alimento desperdiciado en América Latina en un año sería suficiente para alimentar a 300 millones de personas.

Además del costo social, el desperdicio de alimentos tiene un fuerte impacto ambiental pues los insumos utilizados para la producción de los mismos (agua, tierra, fertilizantes, mano de obra) se pierden.

Así, el desperdicio de alimentos por parte del consumidor final representa una gran oportunidad de mejorar la seguridad alimentaria mundial.

De acuerdo con el programa Think.Eat.Save (Piensa, Come, Ahorra) de Save Food, el alto nivel de desperdicio por parte del consumidor tiene múltiples orígenes: prácticas ineficientes en la cadena de suministros, principalmente a nivel minorista, estándares de calidad con un enfoque excesivo en la apariencia de los productos, confusión sobre las fechas en las etiquetas, y aspectos culturales, como comprar alimentos en exceso sin contar con almacenamiento suficiente y preparar alimentos en demasía.

La iniciativa presenta diferentes acciones que el consumidor final puede adoptar para reducir el desperdicio de alimentos, que en el corto y mediano plazo tienen un impacto significativo en la seguridad alimentaria.

Entre ellas, el desarrollar hábitos de compras inteligentes, como no sucumbir a impulsos de comprar más de lo que necesitamos, sobre todo en productos perecederos.

También, el educarnos en la información que las etiquetas y empaques presentan, consumir lo que ya tenemos en el refrigerador, pedir porciones pequeñas, congelar alimentos o donar alimentos, todo hacia la generación de una cultura de cero desperdicio.

Como consumidores jugamos un papel fundamental en la seguridad alimentaria mundial. Sin duda, el reto de alimentar al mundo nos corresponde a todos. Asumamos nuestra responsabilidad y generemos una verdadera cultura alimentaria.?

*José Renato Navarrete Pérez es especialista de la Subdirección de Investigación Económica. La opinión es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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