Los lugares en los que está disponible están dirigidos a un grupo con altos ingresos y una preocupación por los impactos del sistema de producción alimentaria

Visitar el escenario alimenticio californiano y observar cómo se come desata reflexiones sobre la alimentación contemporánea. En el norte de California, alrededor del Silicon Valley y en la Bay Area, donde se concentran los grandes capitales de startups tecnológicas, cuando explico que investigo sobre alimentación a cuatro diferentes interlocutores, invariablemente todos tienen la misma reacción: “Tienes que probar la hamburguesa impossible. No vas a creer lo que te estás comiendo”.

En ningún otro lugar como en Silicon Valley la hamburguesa imposible causaría tanta conmoción. Se trata de un desarrollo de impossible foods y es una hamburguesa vegana en la que por medio de diferentes tecnologías y pruebas de laboratorio no sólo se intentó emular el contenido proteico de una hamburguesa de carne, sino que sus propiedades sensoriales son realmente muy semejantes a las de una hamburguesa de carne. Incluso el sabor ahumado que da la parrilla o el jugo que desprende están presentes en esta innovación. Para muchos, esto representa una alternativa sustentable. El precio no es mayor al de cualquier platillo en un restaurante promedio del norte de California. Es prácticamente fácil de encontrar en la oferta culinaria. El pero: el público meta no es para nada la población más vulnerable nutricionalmente. El contexto lo es todo y al analizar la recepción de este producto podemos asentar que evidentemente es en este contexto en el que funciona. Los lugares en los que esta hamburguesa está disponible están dirigidos a un grupo de la población con altos ingresos, alto nivel educativo, una proclividad a los desarrollos e innovaciones tecnológicas y una creciente preocupación por los impactos del sistema de producción alimentaria hacia la salud y el medio ambiente.

Estas preocupaciones se hacen evidentes cuando se recorre cualquier mercado de productores de la zona y pareciera que la leyenda “Producto orgánico, libre de Organismos genéricamente modificados” es obligatoria por cada fruta y verdura que se vende. Por un lado, es muy positivo que las innovaciones vayan hacia la sustentabilidad. No es sólo el hecho de que la hamburguesa sea hecha libre de carne, sino que la innovación está en el hecho de que la diferencia con la carne de hamburguesa es prácticamente nula. Esto ha supuesto nuevos retos de aceptación, debido a  que personas que no eran vegetarianas han sido atraídas, pero las vegetarianas lo han rechazado, puesto que les recuerda tanto el sabor de la carne que ha provocado asco.

Paradójicamente, cuando se sale de la zona y se acude a cualquier lugar de restauración, se comprueba lo que desde los años 2000 estableció la psicología social por autores como Paul Rozin, quien indicó que culturalmente existe una predisposición a servir porciones significativamente superiores a las de otros lugares del mundo. ¿Cómo conciliar que en un mismo lugar exista una altísima preocupación por los impactos al medio ambiente y a la salud de la producción de alimentos y, por el otro, los tamaños de porción excedan las necesidades energéticas de las personas? Estos ejemplos son efectivamente parte de las tensiones y contradicciones que la alimentación humana supone para todos nosotros. Los desarrollos e innovaciones alimentarias son, en gran medida, también enmarcados por el capital cultural y económico con el que cuentan las personas.