A partir del 14 de junio, el mundo entero cambiará. En África, América Latina, Europa y el Medio Oriente, muchos, muchísimos se olvidarán de crisis políticas y económicas, posiblemente hasta de sus guerras y estarán frente a sus televisores. “El” Mundial, como se acostumbra a decir en español, lleva bien su nombre, pues se trata del mayor evento del orbe y esta importancia rebasa por mucho el ámbito deportivo. Para la gran mayoría de los habitantes del planeta, el evento representa su principal y, en realidad, única forma de acercarse a las relaciones internacionales.

Es evidente que ser sede o hacer un buen papel en el Mundial tiene una relevancia y repercusiones decisivas en la vida nacional y en la proyección internacional de todos los participantes. Eso es aún más cierto para los países más pequeños o pobres que tienen menos oportunidades de lucirse internacionalmente.

De forma extraña, las grandes potencias, Estados Unidos, Rusia, China y la India no han dejado huella en la competencia. Estos ejemplos comprueban que el éxito en futbol no está correlacionado con el tamaño del territorio o de la población del país, con su riqueza o incluso con sus resultados deportivos en general. Permite también a los países latinoamericanos tener un protagonismo único en el deporte y las relaciones internacionales.

Todavía no empieza y el Mundial 2018 ya causa debates políticos, empezando por su sede, Rusia. Este país, que niega derechos dentro de sus fronteras a las minorías sexuales e interviene cibernética  y militarmente fuera de ellas, intentará arrojar una percepción positiva. Las polémicas ya empezaron con el misterioso envenenamiento de un exespía ruso en el Reino Unido que provocó el boicoteo de las autoridades políticas, mas no del equipo nacional, de este último país y de algunos otros en Europa.

El partido de apertura, Rusia versus Arabia Saudita, dos regímenes totalmente distintos, opuestos en el ajedrez mundial, pero que comparten su hostilidad a la libre expresión de sus pueblos y unas actitudes más que amenazantes hacia sus vecinos inmediatos es otro botón de muestra de la carga política que rodeará ese Mundial.

Los ausentes no dejarán de ser importantes: Estados Unidos, pero sobre todo Italia, el país que tiene las mejores relaciones con Rusia en Europa occidental o los Países Bajos, que tienen la peor. En el Medio Oriente, los palestinos lograron impedir que el equipo argentino viajara a Israel para un partido amistoso de preparación, mientras Erdogan, el controvertido presidente de Turquía, mal calificado, logró posar con miembros de origen turco de la Mannschaft alemana, provocando revuelo en ese país.

A lo largo de este mes, valdrá la pena reflexionar sobre los debates, polémicas, consecuencias políticas y económicas de las victorias y de las derrotas y de lo que seguramente pasará fuera de la cancha, en Rusia y en el resto del mundo.

Será interesante para nosotros entender el verdadero significado de la competencia  más allá de los resultados meramente deportivos.

Con Polonia en Rusia, España enfrentando a Portugal, la presencia de Croacia y Serbia y de Arabia Saudita con Irán, podemos apostar que este Mundial tendrá, ya tiene, un significado político aún mayor al del 2014 en Brasil o el 2010 en África del sur.