Este texto tengo tiempo queriéndolo escribir, como padre de familia, como investigador de la sociedad, como estudioso de los comportamientos demográficos. Cada vez me convenzo más de que la tragedia que estamos viviendo en México no se restringe a un problema de inseguridad y mucho menos a un problema de drogas.

Recuerdo bien cómo se han generado términos como generación x, generación Nintendo, generación Milenio y otras parecidas que se relacionan al tipo de estímulos que la niñez recibe durante un tiempo prolongado e importante y que marca su comportamiento y forma de pensar en su juventud y edad adulta.

La situación en México es grave -no la voy a minimizar- pero ese no es mi punto ahora. Ya tenemos una versión oficial preocupante que nos dice que se requerirán al menos otros siete años para empezar a ver la disminución de los altos índices de violencia que hoy vivimos producto de la lucha del Estado contra la delincuencia organizada; siete años que se agregan a los más de cuatro que ya hemos vivido y que nos permiten ya concluir sobre el principal estímulo que está recibiendo nuestra niñez.

Toda reunión, sin importar el nivel socioeconómico, incluye en algún o en todo momento una referencia a la inseguridad, a las vivencias y a la forma de cuidarse de ella; se generan mitos no siempre reales y se habla de los cambios de hábitos sociales y familiares: ya no salen de noche, ya no visitan a sus parientes tan seguido, ya no dejan a los niños jugar en las calles. Cuando un familiar o un amigo va a salir de viaje a carretera, la primera recomendación ya no es afinar el vehículo o manejar con cuidado, sino evitar transitar por rutas peligrosas, no manejar de noche o de plano no viajar.

Recuerdo que al inicio del 2010 se jugaba con lo mítico del año por los festejos de la Independencia y de la Revolución, se hablaba de que podría haber otra guerra y obviamente no había razón para pensarlo; sin embargo, hoy vemos que esa guerra llegó por otro lado; hoy los caminos están igual o peor de peligrosos que en 1910 pero por distintas razones, hoy la infancia de muchas regiones vive observando a sus padres en una lucha por sobrevivir a la violencia diaria y se ha llegado al extremo de que en las escuelas se capacita sobre lo que deben hacer los niños y niñas al escuchar disparos. ¡Eso vive la generación que en unos años manejará el país! Con los datos del reciente Censo de Población, podemos decir que aproximadamente 30 millones de niños recordarán su infancia como un periodo de guerra, no sé el juicio que hagan de los gobiernos, ni de la droga e incluso de la muerte, pero sí sé que escuchan hablar a los adultos de lo que están viviendo.

La demografía no dará en algunos años la estadística sobre las cohortes que se han visto afectadas, sabremos si las pirámides de edad reflejan la desaparición de mexicanos en algunas regiones como pasó en otras guerras; ya sabemos que la migración sí ha afectado localidades; es decir, la demografía tendrá que prepararse para las estimaciones con una variable adicional que algunos han querido minimizar pero que es muy importante cuando se regionaliza. Así que, aunque no se le llame guerra a esta lucha, todo el análisis, los cambios en comportamiento social, las proyecciones demográficas y, sobre todo, el imaginario colectivo que estamos colocando en nuestra niñez, crean ya la etiqueta de una generación de la guerra.

¿Y los gobiernos?

Y si varios podemos ver lo que pasa, ¿alguien en los gobiernos lo está viendo? Es entendible que todos quieran ganar elecciones, que quieran el poder. Lo mismo pasó y fue motivo de la Independencia y de la Revolución, pero lo que no es entendible es que en esa lucha partidista se olviden del drama de los mexicanos. Si aparece una nueva fosa, rápidamente controlar las notas para que no afecte la elección. Los gobernantes actuales, desde presidentes municipales hasta el Presidente de la República se deben a todos, no se deben a sus partidos como parece ser hoy la norma. ¿Alguien ha pensado realmente las condiciones de México el 1 de diciembre del 2012 si no se hace nada?

Dejemos a los partidos jugar su lucha electoral, está en su naturaleza, para eso nacieron, pero pidamos, presionemos y persigamos a los gobiernos para que dejen que los votos y no su veto decida quiénes serán los próximos gobernantes, que dediquen sus esfuerzos y los recursos de que disponen y que son nuestros, para mejorar la calidad de vida, que se comprometan a limpiar la casa que se les pidió administrar y que deben entregar al siguiente inquilino en buenas condiciones. Eso va para los tres niveles de gobierno.