Las oficinas han vuelto a abrir, las universidades ya tienen de nuevo alumnos y maestros trabajando y en la radio y la televisión vuelven los anuncios y hasta noticias de otros temas se vuelven a colar. No obstante, lo cierto es que todo esto es una falsa normalidad.

Porque basta con preguntar y preguntarnos cómo estamos para descubrir que de normal no tiene nada. Primero porque la tragedia continúa: decenas de familias, por ejemplo, siguen esperando noticias sobre sus seres queridos en la avenida Álvaro Obregón y miles de personas en Chiapas, Oaxaca, Guerrero o la Ciudad de México siguen sin tener dónde vivir.

Pero incluso aquellas personas que no fueron directamente afectadas están lejos de sentirse bien. ¿Cuántas personas conoce que no han dormido bien desde hace una semana?, ¿en cuántas conversaciones no siente que se le forma un nudo en la garganta o en el estómago sólo de recordar lo que hemos vivido en estos días? Los mexicanos, al menos muchos, no sentimos que esto que estamos viviendo sea lo normal. Y quizá tampoco queremos que así sea. Porque si bien estamos tristes y atemorizados, en los últimos días también hemos experimentado muchas emociones positivas. Porque a pesar de la tragedia, o justo por ella, hemos descubierto una cara que quizá muchos de nosotros no conocíamos. La de una sociedad generosa, entregada, desprendida hasta el límite con tal de hacer algo por los demás.

Hemos encontrado una sociedad con una capacidad de autogestión que nunca me imaginé. Nosotros, los que somos incapaces si quiera de respetar la entrada y salida de los vagones del metro o la línea de espera de las maletas en el aeropuerto, de pronto fuimos capaces de organizar caravanas de ayuda, centros de acopio, cadenas para el traslado de escombros, equipos de verificación de información, etcétera.

Nosotros, los que tenemos fama de no saber trabajar en equipo ni seguir instrucciones, hoy sabemos que podemos guardar silencio casi hasta contener la respiración sólo con que una persona alce un puño.

La sensación en las conversaciones es que nos urge volver a la normalidad, pero al mismo tiempo no queremos volver a ser lo que éramos. Quizá porque hoy sabemos que podemos ser distintos, que podemos ser mejores.

¿Qué quisieras mantener de estos días? , pregunté a mis alumnos de la Universidad Iberoamericana y la respuesta fue la solidaridad y la amabilidad, porque en estos días no sólo cambiaron las calles sino que se transformó la manera en que nos vemos al espejo, en que vemos a los demás. En mi colonia nadie saludaba a nadie , me dijo alguien, y ahora es distinto .

¿Qué tanto cambiará una parte del país después del 19-S? La respuesta no está clara, pero sin duda algo se movió además de la tierra.

¿Se diluirá esta nueva conducta con el paso de los días y el fin de las emociones? No lo sé, pero quisiera creer que lo que estamos viviendo no es sólo una crisis sino una transición, entre lo que creíamos que éramos y lo que queremos ser. Toca por ahora seguir el duelo, exigir cuentas de las causas y de la respuesta a la crisis, pero también toca abrazar este momento para que no quede sólo en una experiencia, en un momento, en una idea de lo que pudo ser y no fue. En México ya hemos perdido otras transiciones, quizás hoy estemos ante otra que sí podamos aprovechar.