En el plano de la ética y la política, podemos decir que son varias las grandes fracturas que a lo largo de la historia reciente han propiciado la evolución del terreno ideal para la propagación de la corrupción como un mal no sólo a nivel nacional, sino continental.

Si pensamos en este fenómeno de la corrupción como una enfermedad social que cubre de manera secreta -y, en casos, de manera abierta y descarada- varias de las capas operativas de la función pública, encontraremos una serie de patrones que nos permiten explicarnos una de las razones profundas por la cual este mal se ha extendido en todos los confines del país.

En términos secuenciales, podemos decir que ocurre de fondo un proceso en el cual al menos tres planos han propiciado la devastación del principio ético mediante el cual la labor social implícita en el servicio público era, hasta hace unas décadas, una tarea que dignificaba a quienes la ejercían, en tanto formaba parte de la conformación del prestigio profesional.

El primer plano nos remite a un hecho mundial: el fin de las ideologías acaecido con el derrumbe del bloque socialista a fines de los años 80, mismo que incluso presentó síntomas de agotamiento desde una década antes, a fines de los años 70, cuando el pensador polaco Leszek Kolakowski presentó su portentosa obra Las principales corrientes del marxismo, en la cual anunciaba de manera profética el fin de una era.

Desde entonces y hasta el día de hoy la pregunta de la politología es: ¿Dónde quedó la ideología en el mundo? Para los entendidos en los temas de la filosofía política, está claro que la ideología es el instrumento vector de la acción moral de los sujetos que, agrupados en una identidad partidista, proponen a la sociedad una ruta a seguir en busca de la prosperidad pública.

Con la desaparición sistemática de las ideologías dado el advenimiento de la posmodernidad, la política y el servicio público -columna vertebral de la misma policía- entraron en una etapa histórica de parálisis. Esa situación evolutiva de la política global nos lleva a pensar en un segundo plano de afectación que, de alguna manera, nos permite comprender la proliferación exacerbada de la actividad corruptiva. Me refiero al colapso de los fundamentos ideológicos que sustentaban las doctrinas partidistas, tanto en México como en muchas partes del mundo.

Si bien no se puede asegurar que las doctrinas de los partidos políticos hayan sido abandonadas como directrices de los proyectos nacionales, sí es claro que, en el escenario de los debates públicos, éstos no ocupan el tema central. Son precisamente las doctrinas políticas donde los individuos particulares se nutren del cometido moral antes de ingresar al servicio público como funcionarios gubernamentales.

Esta mención nos permite pensar en el tercer plano de conducción ética de esta breve reflexión, y éste tiene que ver con el vasto instrumental relativo a los principios normativos que las instituciones ostentan para inculcar en los funcionarios -pertenezcan o no a un partido político-, siendo un ejemplo de ellos el Código de Ética de los servidores públicos del gobierno federal.

Cuando un funcionario incurre en algún acto de corrupción, está claro que desoyó todo un aparato de prevención que, de mil maneras, lo insta a guardar la compostura por el bien público. Si multiplicamos a esas decenas cientos y quizás miles de funcionarios participando activamente en esa especie de contracultura del saqueo, comprendemos un poco más la debacle que hoy en día padecemos como nación.

La corrupción es un asunto que, en lo abstracto, concierne a las instituciones como entidades, pero no olvidemos que éstas están conformadas por individuos. El agotamiento del sustento ideológico como principio emancipador de las sociedades nutrió el gradual abandono de los cometidos humanistas subyacentes en la labor política y en las doctrinas partidistas.

Si a esto aunamos el hecho de que pareciera que la observancia de rectitud ante los códigos de ética para servidores públicos son cosa de libre elección y no una obligación de Estado, comprenderemos la razón por la cual la corrupción ha minado de grave manera las estructuras productivas y sociales de la nación.