Con los sentimientos no se juega... y menos de los consumidores.

Es un hecho que más allá de las mediciones macroeconómicas, como la inflación o el IGAE, está el ánimo con el que los agentes económicos participan en sus labores cotidianas.

Si un inversionista no le late lo que ve en su entrono, simplemente limita o retrasa sus inversiones. Si un trabajador tiene dudas respecto a la solidez de la empresa en la que trabaja, se vuelve mucho más precavido al momento de tomar decisiones de compra.

Pero al contrario, si esos inversionistas y esos trabajadores tienen la percepción de que las cosas están bien y se pueden poner mejor, entonces salen al mercado a invertir y a consumir con lo que ayudan a cerrar un círculo virtuoso.

Claro que hace falta algo más que un club de optimistas para reactivar una economía, pero el factor anímico es básico.

Este peculiar estado de ánimo se mide a través de encuestas, porque no hay un valor numérico como el aumento de precios o la producción de autos, es un tanteo a través de preguntas específicas y siempre las mismas para tener una referencia.

Por ejemplo, el Banco de México cada mes consulta a una treintena de expertos en temas económicos del sector privado, tanto mexicanos como extranjeros respecto de las condiciones de la economía mexicana.

Además de pedirles los números específicos de lo cuantificable como PIB, tasas de interés, tipo de cambio o inflación, les solicita su corazonada respecto de lo que está por venir.

En la primera encuesta de este año, dada a conocer hace unos días, los analistas están en un terreno intermedio en donde algunos creen que mejorará el panorama económico, otros más consideran que las cosas se pondrán más difíciles y una mayoría tiene la idea que por ahora la situación se mantendrá igual.

En una escala elaborada por el banco central donde 1998 es igual a 100, los analistas están con un nivel de confianza de 109 puntos. Número que sólo sirve en esa comparación con la base o con los 150 puntos que alcanzaron en enero del año pasado o los 40 puntos del pesimismo con el que iniciaban 2009.

Pero ese factor subjetivo de la confianza también está presente entre los que toman las decisiones más importantes del país. En la más reciente minuta de la reunión de la Junta de Gobierno del banco central está claro este juego de percepciones.

Hoy ahí dentro del Banxico hay diferentes percepciones de lo que podría ocurrir con la inflación. Todos tienen la misma información, pero no todos sienten que viene lo mismo.

El documento deja en el anonimato a los integrantes de la Junta de Gobierno, por lo que el texto es revelador y divertido porque dice: algunos creen que el balance de riesgos para la inflación es neutral, para otros ha empeorado y uno considera que ha mejorado. O sea de chile, de dulce y de manteca con la inflación.

Entre los consumidores también hay una medición que hace el mismo banco central junto con el INEGI y también considera preguntas sobre la situación actual y futura del país y la familia, así como las posibilidades de comprar hoy bienes duraderos.

De acuerdo con el dato de enero pasado los mexicanos consultados están más confiados y optimistas de lo esperado.

Entre los consumidores nacionales juegan en la percepción temas como la creación de empleos, por supuesto. Pero también las noticias que tengan de la economía de Estados Unidos y hasta la cotización del peso frente al dólar pega en el sentimiento.

Los consumidores estadounidenses, por ejemplo, provocaron un descenso en el indicador de confianza, porque subió el precio de las gasolinas.

Hasta ahora el factor político se ha mantenido relativamente al margen de las percepciones sobre el desempeño económico. No así el de la inseguridad y la violencia que ha afectado notablemente.

Pero hasta ahora no hay impacto aparente por el proceso de sucesión presidencial, pero en los meses por venir seguro la ruta que tomen las campañas podría alterar esa estrecha franja de la confianza tanto de analistas, inversionistas, autoridades y consumidores.