Mucho se ha debatido en cuanto a cuál debería ser el rol que jueguen las empresas en la atención a los problemas que enfrenta la sociedad moderna, llegando a distintas posturas que han ido evolucionando a la par del desarrollo de la IP.

No podemos negar que las empresas siempre van a buscar generar negocio, pero hoy en día hay una mayor presión para que éste se logre de una forma responsable; y, al mismo tiempo, la generación de riqueza derivada del negocio ya no puede ser entendida sólo como un objetivo que beneficie a los accionistas, sino que debe ser compartida con todos los grupos de interés de la empresa.

Lo anterior ha provocado que el sector privado adquiera una corresponsabilidad con el sector público en el desarrollo económico, social y ambiental de las comunidades y regiones en donde deciden operar, buscando tener mejores relaciones a largo plazo con sus grupos de interés y construyendo contextos operativos mucho más estables y favorables para todos los involucrados.

Es ahí donde la empresa puede participar activamente en la generación de una cultura de paz, como parte de sus actividades de RSE, o, mejor aún, a través de la integración del tema a sus estrategias y modelos de negocio en favor del desarrollo sustentable.

En este contexto diversos autores han estudiado cómo la empresa puede contribuir a un contexto de paz, cuyo enfoque positivo está relacionado con la ausencia de violencia y reforzado por la justicia social. La Dra. Jennifer Oetzel, profesora de la American University de Washington DC, lo resume en cinco líneas de acción:

1.- Promoción del desarrollo económico, a través de la generación de empleos y las estrategias de inversión local, para lograr efectos económicos positivos, así como la creación de alianzas con otros sectores complementarios, que permitan proveer de las capacidades, habilidades y competencias necesarias para detonar el cambio social y construir un entorno de paz. De igual manera se pueden tener efectos positivos por las operaciones de las empresas al transferir tecnología, difundir conocimiento y mejorar las prácticas gerenciales.

2.- Adopción de principios de evaluación externa, como pueden ser los códigos de conducta que contemplen sus prácticas laborales, la gestión de su cadena de suministro, el respeto a los estándares ambientales, etcétera.

3.- Contribución al sentido de comunidad, mediante buenas prácticas laborales internas y comunitarias externas, que generen una mayor cohesión social y promuevan los derechos humanos, en particular la igualdad y la no discriminación entre personas.

4.- Participación en el diálogo de dos vías, que permita una colaboración de la empresa en temas de interés público, siendo un promotor del diálogo constructivo con los gobiernos en favor de las personas, y absteniéndose de involucrarse en situaciones contrarias a éstas.

5.- Colaboración en el análisis de riesgos y prácticas en zonas sensibles al conflicto, ya sea por una situación de violencia, delincuencia o pobreza, en las que las empresas puedan ser parte de la solución.

Es así como la empresa se puede convertir en promotora de una cultura de paz, basada en el diálogo, la tolerancia, el respeto, la justicia, la equidad, etcétera, que tanta falta nos hacen hoy en día.

*Director del Centro IDEARSE para la Responsabilidad y Sustentabilidad de la Empresa de la Universidad Anáhuac.

Twitter: @J_ReyesIturbide