No sé si Manuel Bartlett se considera a sí mismo el CEO más poderoso del país. Pero es innegable que piensa que la CFE, que el presidente López Obrador puso a su cargo, “es la empresa más poderosa del país”.

No es una frase de desliz, sino de tendencia. En su comparecencia ante la Cámara de Diputados, Bartlett usó seis veces el adjetivo “poderosa” para describir a la empresa –aunque, para ser justo, sólo una vez en su forma superlativa. Es el doble de veces que usó el término “rentable”, que nunca aplicó a la operación en conjunto de la “poderosa” CFE. Ya para no dejar duda, su equipo usó la frase completa desde en tweets hasta en la cabeza de su comunicado.

Más que alarmante o sorprendente, ¿no es perfectamente consistente? Es el corolario de una larga trayectoria política: lo suyo lo suyo, más que la creación de valor o la rentabilidad empresarial, es la conquista y uso del poder.

En abstracto, no hay nada automáticamente malo. En su acepción más simple, el poder es casi sinónimo de la energía: poco más que la capacidad de hacer. Y la CFE, argumenta el gobierno, tiene una vocación social que ya quisieran las empresas privadas. Visto así, ¿no deberíamos estar celebrando su destape como poder? ¿No sería México un mejor país si todas las empresas siguieran este ejemplo?

Ya en la práctica, el poder tiende a emplearse de forma engañosa. Como parte de su vocación social, es cierto que la CFE ha cumplido con un mandato presidencial: congelar (no incrementar) las tarifas de electricidad. Pero cumplir esta promesa no hubiera requerido que la CFE usara ni una gota de su vasto poder. Todo lo contrario. Con los precios de la generación y los precios de los combustibles disminuyendo durante los últimos dos años, de hecho, los consumidores mexicanos deberían haber disfrutado una caída prácticamente igual en sus tarifas. Estos ahorros por los precios de los combustibles deberían ser suyos por ley.

Para lo que sí hay un aparente despliegue de poder, entonces, es para garantizar que la CFE pueda amasar los beneficios de los ahorros para su caja sin transferírselos a sus clientes, los mexicanos. ¿No es sospechoso que, aunque esto sí vaya en claro detrimento de sus consumidores – y de su auto profesada vocación social – en este tema la CFE no haya lanzado ningún pliego petitorio? ¿O será que esta táctica, propiamente poderosa, se reserva para temas e iniciativas que beneficien clara y directamente a la CFE y la permitan reconstituirse como un monopolio? Ni se sorprendan: así como el dinero llama dinero, el poder llama poder.

Y cuando estos cables se cruzan, las cosas se ponen peor. El dinero llamado por dinero muchas veces se ha vuelto poder, que llama más dinero, y esta dinámica se ha prestado a todo tipo de abusos. Así es la triste historia de buena parte del capitalismo de cuates mexicano, que al presidente le gusta denostar como neoliberalismo. Aunque confunda formas y conceptos, tiene bastante razón.

Pero por ver la paja en el ojo del ‘neoliberalismo’, el presidente López Obrador ha perdido de vista la poderosa viga atravesando el corazón su gobierno. Bajo su custodia, la CFE que dice estar renunciando al sucio dinero en favor del país no ha hecho más que revertir el orden de la perversa ecuación del capitalismo a la mexicana. Sigue valorando el dinero – ¿si no, para qué se quedaría los ahorros que en realidad corresponden a sus consumidores? Pero lo que realmente añora es el poder. No como los ambiciosos empresarios neoliberales, que lo usan para hacer más negocio. Acá es un poco más burdo. “CFE es la empresa más poderosa del país” y Manuel Bartlett es su flamante capitán.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

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