Estamos frente a uno de los mayores retos de nuestra historia. La clave está en aumentar los recursos para prevenir los daños potenciales de los desastres.

El huracán Alex es un aviso de lo que viene: el 2010 será un año marcado por las fuertes lluvias. En las costas mexicanas se presentarán 36 fenómenos tropicales, de los cuales siete u ocho traerán precipitaciones considerables.

No estamos listos. Alex devastó a Monterrey, que es una de las ciudades más preparadas del país: tiene alto ingreso per cápita, población educada y una gran infraestructura de comunicación. La cabeza duele sólo de imaginar lo que pasará cuando un fenómeno similar golpee otra población con menos recursos.

A la mente me viene lo ocurrido en el 2005, cuando los huracanes Dean, Stan y Wilma golpearon a siete estados del país y dañaron con fuerza a Cancún.

Podemos pensar también en el 2007, cuando el desbordamiento de algunos ríos provocó inundaciones en Tabasco y Chiapas. La tragedia humana fue enorme, así como los costos económicos. Fueron 3,800 millones de dólares en el 2005 y 31,800 millones de pesos en el 2007. Sólo un desastre natural ha generado mayores pérdidas en nuestro país: el terremoto de 1985 en la ciudad de México.

Este 2010 será un año durísimo debido a las lluvias y sus estragos. No es necesario tener una bola de cristal ni consultar al pulpo Paul. Los datos del Servicio Meteorológico Nacional nos permiten anticipar que la actividad pluvial será una de las mayores que hayamos visto. Para enfrentarla tenemos recursos escasos. En favor contamos con un Sistema Nacional de Protección Civil relativamente bueno. En contra nos pesa una escasa cultura de prevención de desastres, entre la población civil, las empresas y las autoridades gubernamentales.

Lo que estamos viviendo ahora no es un hecho aislado. Forma parte de un proceso de largo plazo que muchos científicos relacionan con el calentamiento global. Hace un par de años, la revista Science publicó las conclusiones de una investigación que buscaba explicar el aumento de las lluvias en el planeta. Las mayores temperaturas en las capas superiores del mar han alimentado la fuerza de las tormentas tropicales. El fenómeno es observable desde hace cuatro decenios y ya ha causado una pérdida de la capa de hielo en la Antártida y Groenlandia, según publicó la referida revista.

La industria aseguradora lleva las cuentas de este proceso, a su modo. En la década de los 60, las lluvias excesivas e inundaciones provocaron pérdidas a nivel mundial por un total de 75,500 millones de dólares, según un informe de la reaseguradora Munich Re. En los 90, la cifra se elevó a 660,000 millones de dólares. En la primera década del tercer milenio, los costos anuales superan los 100,000 millones de dólares.

Vivimos el principio de la edad de los huracanes Lieber. Los hechos que eran excepcionales se volverán cada vez más frecuentes y serán parte de una nueva normalidad. Estamos frente a uno de los mayores retos de nuestra historia.

La clave está en incrementar los recursos destinados a prevenir los daños potenciales de los desastres naturales. Es necesario invertir dinero, pero sobre todo un marco institucional: poner fin a la construcción en zonas vulnerables e impulsar el desarrollo de una cultura de protección civil son parte del esfuerzo.

Invertir en la mitigación del desastre tiene mucho más sentido que volcarse a la atención luego de que el desastre ocurrió. El huracán Alex es un aviso de lo que viene. Más nos vale, de una vez, aprender las lecciones que se deriven de él.

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