La semana pasada escribí sobre el agitado inicio del 2016, en el plano económico-financiero, en gran parte por el escepticismo en torno a la prospectiva de la economía para el corto, mediano y largo plazo. El desempeño desfavorable en variables como el empleo, la producción manufacturera, las órdenes de nuevas exportaciones, el tipo de cambio, entre otras, provocó que el principal indicador de la Bolsa de Valores de Shanghai perdiera 10% en la primera semana del año, y que en la primera jornada de la presente semana perdiera otro 5.3%, provocando a su vez caídas en los mercados de Hong Kong y Japón, por ejemplo.

En nuestro continente, salvo la Bolsa de Valores de nuestro país y la de Nueva York, que se mantuvieron en terrenos positivos, los principales mercados también sufrieron nuevamente caídas; entre ellos están las bolsas de Toronto, en Canadá; de São Paulo, en Brasil; de Santiago, en Chile, y de Buenos Aires, en Argentina. Por su parte, los principales mercados europeos mostraron también retrocesos en sus indicadores líderes. Así fue el caso de las bolsas de Londres, París, Frankfurt, Madrid y Roma.

Es importante mencionar que la incertidumbre que proviene de China, o que está asociada a lo que ocurre en ese país, no es resultado de una menor tasa de crecimiento de esa economía, de un mayor desempleo o de una depreciación de su moneda; en realidad tiene que ver con la credibilidad de las políticas que está tratando de instrumentar el gobierno de ese país para aminorar o suavizar el aterrizaje de esa economía. De hecho, errores en el diseño de sus políticas o en el momento oportuno para adoptar esas políticas o ajustes a políticas en marcha muy probablemente terminen por minar aún más la credibilidad de la política fiscal y la monetaria del gobierno chino, lo que podría traducirse en una mayor volatilidad en los próximos meses.

Bajo este escenario, a pesar de lo que algunos agoreros del fracaso insisten en afirmar, la economía mexicana presenta una mucho mejor perspectiva que la que enfrenta una buena parte de las economías de los países mencionados antes. Por un lado, está el hecho de que nuestra economía sí está creciendo, lo hace en un contexto de la tasa de inflación más baja en la historia económica de nuestro país, con crecimiento en el empleo, además de un andamiaje legal e institucional derivado de las reformas que mejora el potencial de nuestra economía. Ahí está por ejemplo también el dato sobre las remesas de los mexicanos en el exterior, que de acuerdo con el informe más reciente del vocero de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, el monto acumulado de remesas entre enero y noviembre del año pasado se ubicó en 22,576 millones de dólares, lo que representa un incremento de 5.4% respecto del mismo periodo del 2014.

Esto último ocurre desde luego en el contexto de una economía de Estados Unidos en expansión, que en el mes de diciembre volvió a experimentar un crecimiento en el empleo, y para la que se espera una tasa de crecimiento de 2.4%, un poco mayor al crecimiento que se estima que tuvo al cierre del 2015. Así que en este 2016, lejos de lo que algunos quisieran ver, la economía mexicana se desempeñará razonablemente bien.

*El autor es senador de la República.