Mi oposición a la política económica del populismo no tiene orígenes ideológicos. Esa oposición tiene su fundamento en que las estrategias económicas del populismo son fallidas. Es decir, inefectivas para alcanzar los muy deseables objetivos de tener simultáneamente un desarrollo rápido con avances continuos en materia de distribución del ingreso.

Una de las razones por las cuales esas políticas son fallidas es por sus inclinaciones irrefrenables a generar inflación. Ésta tiene su causa principal en los déficits fiscales que se financian con crédito del banco central. Sin embargo, los economistas de esa corriente son reacios a reconocer la relación causa-efecto que se da entre un expansionismo fiscal y monetario y las muy nocivas presiones alcistas. Y como todos los economistas serios lo saben —aunque no los teólogos que simpatizan con los enfoques inflacionistas—, la inflación a quien más daña es a los más vulnerables.

Cuando en Argentina el régimen de los Kirchner insistió en seguir la senda del inflacionismo, a Cristina sólo se le ocurrieron dos despropósitos: despedir al prestigiado banquero central Martín Redrado y someter a la institución encargada de medir la inflación para que sólo diera a conocer cifras que le fueran agradables al oído. Todo el mundo sabía del truco y estaba avisado de que la inflación era del doble o el triple que la cifra oficial.

La inflación da al traste con las intenciones de mejorar económicamente a las clases mayoritarias por dos razones. Primero, en razón de que reduce los salarios en términos reales —es decir, en su poder adquisitivo—, y, segundo, propicia la quiebra masiva de los negocios pequeños de los que subsisten grandes núcleos de la clase media y baja. Por esas razones, cuando en algún momento antes de que empezaran las campañas López Obrador anunció que ya en la Presidencia quitaría su autonomía al Banco de México, literalmente me puse a temblar.

En ese sentido, en el artículo que publicó Enrique Krauze en el número de marzo de Letras Libres, el autor explica que entre las modificaciones constitucionales que Chávez promovió a raíz de su referéndum del 2007 figuró —no por casualidad— suprimir la autonomía del Banco Central. Como se aprecia, se trata de una acción programática típica en la agenda de los populistas.

BrunoDonatello

Columnista

Debate Económico