Estados Unidos tiene un presidente populista de extrema derecha con tintes racistas, mientras que México tiene un presidente populista con influencia evangélica y marxista. Ambos gobiernan enfrentando a seguidores y opositores, y son intolerantes, impulsivos, y nacionalistas, cada uno a su manera. Las instituciones parecen estorbarles a menudo para el logro de sus fines.

Mientras que el índice de aprobación de Trump se ha mantenido relativamente estable, el índice de aprobación de AMLO ha ido disminuyendo, resultado de medidas que provocan desencanto: despidos injustificados, reducciones salariales, desabasto de gasolina al inicio del sexenio, y recortes presupuestales a discreción en salud, seguridad, educación, ciencia y cultura, todo para financiar programas de bienestar sin reglas claras de supervisión.

Trump ha estimulado el crecimiento económico en Estados Unidos en el corto y mediano plazos, mediante la reducción de impuestos a las utilidades, algo criticado por especialistas por incrementar el déficit presupuestario y la desigualdad. La búsqueda de un crecimiento a tasas de 4% por parte del gobierno mexicano requiere de mayor inversión productiva mediante medidas que generen confianza y previsibilidad, lo que se ha visto mermado por la decisión caprichosa de acabar con el NAIM y arrancar otros proyectos de dudosa viabilidad que colocan a las finanzas públicas en entredicho.

Estado Unidos crece a tasas superiores a 3%, mientras que México se encuentra cerca del estancamiento de manera autoinducida. Es anómalo que la economía mexicana no crezca cuando Estados Unidos sí lo hace. Ésta es una oportunidad que el gobierno actual no ha sabido capitalizar, reflejando las causas internas de la desaceleración.

Un irritante de la relación bilateral ha sido la postura de México frente a Venezuela, despertando sospechas y cautela entre inversionistas sobre el rumbo de la cuarta transformación. A Estados Unidos debería resultarle inaceptable un gobierno en México alineado con Cuba y sus satélites, respaldado por China y Rusia. Una desestabilización política y económica inducida por un gobierno populista provocaría un éxodo migratorio rumbo a Estados Unidos. Un México estable y próspero debería ser una condición indispensable para nuestro vecino del norte.

Hacia el futuro cercano habremos de recibir decenas de miles de migrantes por los compromisos adquiridos con Estados Unidos, por lo que es importante contar con mayores apoyos externos. Durante décadas, México ha defendido los derechos de los migrantes mexicanos en Estados Unidos, y deberá ahora velarse con mayor empeño por los derechos de los inmigrantes en México.

Deben darse también mayores apoyos al desarrollo de Centroamérica, y no sólo de parte de México, que tiene grandes necesidades. Una visión integral de desarrollo de la región es esencial como correctamente se ha diagnosticado, estimulando la inversión en infraestructura física y humana para evitar la migración, algo que Estados Unidos no hace lo suficiente. Las causas subyacentes de inestabilidad en Centroamérica son el cambio climático, el narcotráfico y la inseguridad, en las que Estados Unidos no deja de tener una importante incidencia, por lo que debería responder consecuentemente.

*Exembajador de México, académico y consultor, fue miembro del equipo negociador del TLCAN.

@GTraslosheros