El limitado interés del presidente López Obrador por los temas internacionales es, prácticamente, confeso. Su proyecto plantea reformas muy profundas para redistribuir el ingreso y eliminar la corrupción, en una dimensión que abarca fundamentalmente lo nacional. Con todo, la estrategia y el manejo de los tiempos para lograr llevar a buen puerto la negociación del nuevo tratado comercial de América del Norte es notable. Se partió del hecho de que el tratado es algo que fundamentalmente conviene a los tres países, los costos de la apertura ya se pagaron hace tiempo y las tres economías actúan de manera integrada en muchos de sus sectores. Entonces, eventualmente se regresaría al escenario de tener un acuerdo que beneficie a las tres partes. Afortunadamente, en lo concerniente a México, no se cayó en la trampa de asumir la posición, fácil y falsa, de que el comercio no conviene, sino la de partir del tratado para tomar ciertas decisiones que benefician a productores nacionales, como incrementar aranceles en productos que compiten con los nuestros, pero que vienen de nacionales con las que no tenemos acuerdos. A la par, Trump, emproblemado con líderes corporativos, sindicales y políticos, tenía incentivos claros para alcanzar un acuerdo que ofrezca certidumbre ante lo que puede ser una recesión global, ocasionada, en parte, por el proteccionismo estadounidense. Con Trump en el barco, los demócratas eventualmente encontrarían una salida que satisficiera a sus brazos corporativos sindicales, para no mostrarse contrarios ni a México, ni al sector empresarial estadounidense. Es decir, nunca se perdió la ruta para llegar al acuerdo. Para eso, AMLO se valió de un experto, Seade, y de uno de sus mejores elementos en el gabinete, Marcelo Ebrard.

El tratado, por sí solo, no garantiza que la economía crezca en el corto plazo, aunque sí será un factor para que se liberen pronto inversiones detenidas, a expensas de que el acuerdo se concretará. El reto es desarrollar un programa preciso para potenciarlas, incrementarlas y evitar que se concentren en la región occidente, norte y bajío. Se requiere también construir condiciones para que la inversión ligada al comercio con Estados Unidos se expanda geográficamente. Es necesario, también, que se desarrollen políticas industriales para ligar a la economía mexicana con los sectores más dinámicos de Estados Unidos, no son necesariamente en los que exportamos. El tratado sí va a contribuir a la percepción de estabilidad financiera del país y ayudar a despejar los fantasmas de los cambios en las calificaciones de la deuda nacional. El tratado disminuye de manera muy importante la posibilidad de que Trump vuelva a jugar la irresponsable carta de subir aranceles por motivos ajenos a los comerciales y, de hecho, muestra el buen entendimiento entre las administraciones de ambos países. El acuerdo que se alcanza en diciembre sí es un factor que fortalece las expectativas y la capacidad de la economía mexicana para atraer, pronto más inversiones y, ante el ambiente de posible recesión global, ganar atractivos. Es decir, el presidente que ve poco hacia afuera supo ver las oportunidades que ofrecía la política estadounidense y concretar ya, un acuerdo que suma mucho en la cancha económica. Esta vez, el presidente no solamente gana el liderazgo de la narrativa, sino también de la acción de política pública para apuntalar su gobierno.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.