Con el destape de Ernesto Cordero se completa la lista de aspirantes a la silla presidencial. A un año de la elección, inicia la cuenta regresiva y resulta interesante ver dónde estábamos y revisar el precedente histórico.

Hace seis años el ambiente político se encontraba totalmente polarizado por el fallido proceso de desafuero contra Andrés Manuel López Obrador. La Procuraduría General de la República había desistido de ejercer acción penal y se había registrado una marcha multitudinaria en respaldo a López Obrador, donde se mezcló el repudio al desafuero con un fuerte reclamo antifoxista. El episodio produjo el desgaste y desprestigio del Ejecutivo, lo cual repercutió en los niveles de respaldo social y en un debilitamiento de la institucionalidad democrática, cuyos efectos eran aún imprevisibles.

Aunque el tema jurídico quedó zanjado, el mayor costo político a la postre fue el de un Presidente que se convirtió en parte de la disputa electoral. Con su actuación al interior del Partido Acción Nacional (PAN) y en la contienda federal, la legitimidad (que no la legalidad) del proceso sucesorio del 2006 quedó irremediablemente tocada.

En junio del 2005, la aprobación a la gestión de Vicente Fox sufría una severa caída, ubicándose en su nivel más bajo hasta entonces (36%, frente a 59% de desaprobación). Sólo 14% de la gente le creía al Presidente y la evaluación del gabinete foxista era igual de severa (27% favorable y 65% desfavorable).

En el arrancadero se ubicaban los aspirantes presidenciales. Entonces, como ahora, tanto el PRI como el PRD tenían aspirantes claramente posicionados. Entre la población identificada con el tricolor, 59% quería a Roberto Madrazo como su candidato, mientras que 14% prefería a Arturo Montiel. A la misma pregunta, entre simpatizantes perredistas nueve de cada 10 manifestaban su preferencia por Andrés Manuel López Obrador como su abanderado.

Entonces, como ahora, en el PAN la apuesta era menos clara. Entre militantes panistas, quienes definirían la candidatura meses después, 48% prefería a Santiago Creel, 29% a Felipe Calderón y 15% a Francisco Barrio. Entre la población abierta identificada con el PAN, la brecha era aún mayor: 61% en favor de Creel, 7% por Calderón y la caída estrepitosa de Martha Sahagún en las preferencias.

La historia no necesariamente se repite, pero la distancia permite dimensionar los datos que hoy conocemos, poner en contexto los sucesos que parecen inéditos y confrontar cifras que parecen determinantes.

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