La economía española está en graves problemas. El gobierno no puede hacer el ajuste fiscal necesario, la tasa de desempleo es casi de 22% de la fuerza laboral, la tasa de interés que tiene que pagar el gobierno español sobre su deuda está por arriba de 6% -lo que significa más de 500 puntos base sobre la tasa de los bonos alemanes- y la banca está descapitalizada, generando dudas sobre su solvencia.

Es en este contexto que los ministros de Finanzas de la eurozona acordaron prestar a España 100,000 millones de euros para recapitalizar su sistema bancario, el cual está inundado de activos tóxicos derivados de la estrepitosa caída del mercado inmobiliario.

Este monto aún es preliminar y depende del resultado de las auditorías que se le están haciendo a los bancos españoles, las cuales se terminarán en aproximadamente dos semanas.

Se estima, sin embargo, que los activos de mala calidad en el balance de los bancos ascienden a más de 150,000 millones de euros, por lo que el monto acordado no sería suficiente para lograr los índices de capitalización exigidos por Basilea III.

Según Rajoy, el jefe de gobierno de España, con este préstamo se saneará la banca y ello se traducirá en que, a partir de ahora, los bancos podrán volver a expandir el crédito a las pequeñas y medianas empresas, así como a las familias.

Esto, me parece, no va a suceder, particularmente el crédito a las familias, aunque tampoco a las empresas, menos aún cuando se proyecta que el PIB de este país se contraerá durante este año.

Prácticamente en cualquier país, el principal componente de la riqueza familiar lo constituye la vivienda y es ésta la que avala el endeudamiento familiar de mediano y largo plazos. Lo que hemos observado en varios países, desde la crisis que estalló en el 2008, es una notable caída en el precio de las viviendas, reduciendo con ello el valor de la riqueza familiar, por lo que su posición de activos netos del endeudamiento en que se incurrió también cayó.

Expresando lo anerior de otra forma, su posición deudora neta se incrementó y no incurrirán en mayores créditos hasta que su posición de activos netos sea igual a la deseada.

Es este fenómeno el que explica por qué la política monetaria expansiva que han seguido varios bancos centrales, particularmente en Estados Unidos, Reino Unido y la zona euro, no ha repercutido en mayores tasas de crecimiento económico y para lo más que han servido, que por sí mismo sí es muy importante, ha sido para evitar una mayor y más profunda recesión.

Con el compromiso asumido de prestarle a España los recursos para sanear su sistema bancario, se contuvo una nueva amenaza para la viabilidad y sostenibilidad del euro. Sin embargo, los peligros aún acechan, destacando, en primer lugar, lo que suceda en las elecciones griegas del próximo 17 de junio.

Si Grecia sale de la zona del euro, habría cuantiosas pérdidas para los poseedores de deuda griega, pública y privada, y el peligro de un efecto de contagio sobre las economías más débiles de esta zona: Irlanda, Portugal, Italia y España.

Este último capítulo de la crisis europea no es el final. El desenlace está por venir y es muy incierto. Lo único cierto es que los problemas aún persisten y que las economías europeas van a permanecer estancadas por un buen rato.

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