El gobierno debe €540,000 millones y no puede pagarlos. El recorte del déficit público fue más complicado en la realidad que en PowerPoint.

Grecia es una bomba que estalla en cámara lenta. Su gobierno debe 540,000 millones de euros y no tiene forma de pagarlos. Por eso, Moody’s le puso la peor calificación del mundo a su deuda. Por la misma razón, la tasa de los bonos que emitió esta semana es 18.28% anual. Estamos en una disyuntiva terrible, debemos escoger entre una opción extremadamente difícil y una catástrofe , expone Giorgos Papaconstantinou, ministro de Finanzas de Grecia, hasta el momento de redactar esta columna.

Papaconstantinou no exagera. Grecia debe optar entre el default y la aplicación de un severo programa de austeridad. El impago de deuda la convertiría en una paria ante la comunidad financiera internacional y eventualmente forzaría su salida de la zona euro. La implementación del programa de austeridad podría paralizar al país. El gobierno carece de músculo político y los sindicatos están en pie de guerra. Hay que tomar en cuenta que los sindicatos de Grecia se encuentran entre los más poderosos de la Unión Europea.

El gobierno heleno no ha tomado una decisión, en buena medida porque sus acreedores no han definido una estrategia coordinada. Podrían ofrecerle un descuento de hasta 60% en la deuda. Esto sería parecido a lo que pasó con la Argentina de Néstor Kirchner la década pasada. No gusta a los bancos, que tendrían que aceptar fuertes pérdidas en el corto plazo. Los más perjudicados serían los franceses, que poseen títulos de deuda griega por un valor de 40,241 millones de euros. Luego los alemanes y después los británicos. La banca de España está limpia, sólo tiene una exposición que alcanza los 973 millones de euros en deuda pública y 546 en privada.

Alemania propone una moratoria de 10 años en el servicio de la deuda. No habría quita en el principal y los bancos no tendrían que hacer ajustes en sus libros de un solo golpe.

El problema para cualquiera de estas dos opciones es que enfrente tienen a un interlocutor que no genera confianza: el gobierno de Giorgos Papandreou. Hace 13 meses firmó una serie de compromisos que no pudo cumplir a cabalidad. El recorte del déficit público resultó mucho más complicado en la realidad que en PowerPoint.

Los ingresos del sector público ascienden a 114,500 millones de euros anuales. Sus gastos superan los 142,000 millones.

Papandreou ofreció mejorar el cobro de impuestos y se enfrentó con una élite que defiende una tradición de pagos mínimos. Se comprometió a recortar el sector público y los sindicatos no lo dejaron. Es un gobierno débil que no puede con su plutocracia ni con sus sindicatos. Ahora tiene una sociedad en pie de lucha. Ha tomado las plazas para protestar por una situación que se ha vuelto insoportable: la tasa de desempleo rebasó 16% en abril; supera 32% para los jóvenes. No hay luz al fondo del túnel. La economía cayó 2% en el 2009, 4.8% en el 2010 y registra un retroceso de 5.3% en el primer trimestre del 2011.

La crisis helénica no termina en Grecia. Por eso hay tanta atención a ese pequeño país de 10.7 millones de habitantes. Hay un riesgo de contagio para la economía mundial, que ya empezó a manifestar sus primeros síntomas. El fantasma de Lehman Brothers ronda las sesiones de trabajo entre FMI, banqueros y gobierno griego.

No hay curas mágicas, pero tampoco forma fácil de lograr que el paciente acepte la purga.

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