El único que, al no tener nada que perder, se ha atrevido a hacer propuestas de cambios estructurales profundos es Gabriel Ricardo Quadri. Lástima que sus ideas personales no correspondan con el pensamiento de quienes, realmente, detentan el poder en el Partido Nueva Alianza.

Pero incluso al reformador liberal Quadri le ha pasado de noche el tema de la crisis del sistema de pensiones. Y qué decir del resto de los candidatos, que están muy ocupados cuidando las encuestas como para poder ocuparse de lo importante.

Lo cierto es que quien sea que gane las elecciones presidenciales y cualquiera que sea la combinación que resulte para el Congreso, la realidad de que México tiene un enorme problema financiero por delante y tendrá que enfrentarse.

Para que Enrique, Josefina y Andrés tengan una mejor idea del tamaño del problema que enfrenta este país por el tema de pensiones, les recomiendo que entre un mitin de cierre de campaña y otro lean el libro Pensiones en México, la próxima crisis, de Pedro Vásquez Colmenares.

La cruda realidad que refleja este experto debería horrorizar a los candidatos. Sobre todo, debería hacerlos tomar conciencia de que, antes de prometer refinerías o subsidios para viejitos y madres solteras, deberían estar conscientes de que no habrá recursos que repartir a este paso.

La crisis de pensiones no es una amenaza futurista, como la caída de un meteorito o como las profecías mayas, es una realidad que hoy tiene en una virtual quiebra al menos a una entidad de este país.

El estado de Tlaxcala podrá no pintar en muchas cosas por su tamaño pequeño y su baja competitividad. Pero Tlaxcala puede ser a México lo que Grecia es a Europa. O sea, el terrible ejemplo de que la crisis sí existe.

Esta entidad ha llegado al nivel en el que el pago de pensiones es superior a sus ingresos. Y, más allá de investigar los posibles actos de corrupción, hay obligaciones que están a punto de dejarse de cumplir.

Las modificaciones a los sistemas de pensiones tienen que ser tan dinámicas como el mismo comportamiento de la población.

Es absurdo mantener esquemas de jubilación pensados para una esperanza de vida de menos de 60 años, cuando ahora esperamos vivir hasta los 80 años o más.

Si mantienen actualizados los mecanismos de pensiones, también se incorporan otros avances logrados en México, como la transparencia y la rendición de cuentas.

La advertencia de este reconocido experto es que, a este ritmo, el pasivo de pensiones del sector público destruirá la estabilidad económica que tanto se presume. Tan sólo hoy, esta deuda alcanza 104% del Producto Interno Bruto (PIB).

El autor es muy claro en describir los problemas que en esta materia prevalecen en el sector salud. Está claro que, desde hace mucho tiempo, el IMSS y el ISSSTE tienen pasivos superiores a 60% del PIB.

Pemex y la, afortunadamente, extinta Luz y Fuerza tienen también acumulada una deuda descomunal. Y qué decir de universidades, estados y municipios, que tampoco generan lo suficiente para financiar de forma sana un sistema de reparto como el actual. Hasta ahora, se han hecho cambios estructurales pero insuficientes. La modificación más trascendente se dio en tiempos de Ernesto Zedillo con la creación de las cuentas individualizadas.

Desde entonces a la fecha, sólo algunos parches, como incluir a los trabajadores al servicio del Estado a un esquema. Pero incluso estos cambios ya se ven viejos por su inmovilidad. Es mucho pedir a los candidatos que usen estos últimos días de campaña para fijar una posición al respecto. Porque, además, estos cambios -aunque necesarios- son poco populares.

Implica que los trabajadores tengan que aceptar la realidad de que, si se viven más años, hay que trabajar durante más tiempo. Retirarse a los 70 años no debe ser visto como un castigo, sino como una necesidad económica y hasta anímica de los adultos mayores.

Significa que los sindicatos pierdan poder de presión, porque los líderes de muchas organizaciones sindicales viven de lucrar con sus contratos colectivos, conseguidos como prebendas políticas en los tiempos en que así se controlaba a la sociedad.

Entonces, ojalá que el que gane las elecciones le invite un cafecito a Pedro Vásquez Colmenares, para que le detalle muy bien el tamaño del problema.

Lo deseable sería que ningún loco se cruzara en el camino poselectoral para que no se desgaste el capital político que deja un triunfo y, entonces, se pueda utilizar esa fuerza para hacer los cambios más controvertidos y más necesarios para el país.

ecampos@eleconomista.com.mx