El nuevo coronavirus ha introducido entre nosotros una nueva modalidad de estado de incomodidad porque nos está arrebatando algunos grados de libertad.

El instinto innato de sobrevivencia frente al Covid-19 nos hace ser menos gregarios y más escépticos o, mejor dicho, más desconfiados de los otros a quienes vemos como seres peligrosos por ser potencialmente agentes de contagio.

Lo anterior significa que hemos optado por aislarnos para resguardar nuestra salud. Algo similar ha ocurrido entre algunos organismos internacionales y líderes de Estados.

Los organismos internacionales no pueden dejar de ser sinónimos de solidaridad. El inicio de la pandemia tomó por sorpresa a varios de ellos. Algunos quedaron pasmados. Pienso por ejemplo en el G7 y G20.

En algunas de sus reuniones remotas reinaba la descoordinación y la ausencia de acciones conjuntas. Es cierto, la pandemia nace en medio de un contexto complejo en la geopolítica de Estados Unidos y China; la Unión Europea se recompone a través del Brexit y América Latina también se encuentra en un proceso de recomposición donde afloran de manera peligrosa los nacionalismos, y encuentra en Venezuela una herida muy profunda.

Al paso de los meses, la población global fue conociendo las directrices del Organismo Mundial de la Salud; poco a poco, los señalamientos de su director, Tedros Adhanom, fueron asimilados por gobiernos y ciudadanos. La OMS se convirtió en una especie de guía. Sin embargo, la OMS también fue centro del debate geopolítico entre Estados Unidos y China, donde el presidente Trump la señaló como cómplice del gobierno chino en el tema del encubrimiento de la información. La confianza en los organismos internacionales hay que cuidarla día a día. Desde que el nuevo coronavirus brotó en Wuhan, China, y recorrió el mundo para asentarse en las poblaciones, los instintos nacionalistas llevaron a diversos líderes políticos a cerrar fronteras pensando que la solución estaba vinculada en los colores de las banderas y en los logotipos de los pasaportes. Por el contrario, la solución para controlar la expansión de la pandemia se encuentra en la cooperación, y sí, posteriormente, en la focalización de zonas geográficas con elevada propensión de contagio. Por ejemplo, en el rebrote del nuevo coronavirus en Pekín durante la segunda quincena de junio, las autoridades decidieron aplicar confinamientos en algunas zonas de la ciudad, pero no en toda la capital ni mucho menos en todo el país.

Taiwán, Corea del Sur y Singapur nos han demostrado que la lenta propagación del virus en sus regiones, por no decir contención eficiente del mismo, se puede lograr a través de medidas donde la educación, el civismo y la tecnología se convierten en herramientas de protección.

En Taiwán, con una población de 23.5 millones de habitantes, han muerto siete personas a consecuencia del Covid-19; en Corea del Sur, con casi 52 millones de habitantes, han fallecido 305 y en Singapur, con una población de seis millones de habitantes, han muerto 27 personas (datos de Google publicados ayer 10 de agosto,  10 de agosto).

Países con raíces culturales vinculadas al confucionismo confían más en el Estado y son más proclives a manifestar rasgos cívicos en su comportamiento público. Las cuarentenas, el uso del cubrebocas y el uso de infraestructura para realizar actividades laborales desde casa, ayudaron a evitar los contagios.

Por otra parte, la Unión Europea acaba de propinar un salto cuántico en su evolución gracias a la solidaridad financiera traducida en subsidios a los países donde el nuevo coronavirus ha azotado con más virulencia en sus economías. Por primera ocasión en su historia, la deuda será pagada entre todos los países miembros.

La cooperación internacional, también es una medicina que ayuda a propagar el nuevo coronavirus.