Estrepitosa, la caída en la confianza de los consumidores. Con cifras desestacionalizadas, la caída en enero de este año respecto de diciembre pasado fue de 6.2%, presentándose la mayor reducción (14.9%) en la confianza dentro de los hogares para poder adquirir bienes de consumo duradero. Y ya van cuatro meses consecutivos de caída. Y esto presenta un escenario poco favorable para los planes de inversión y de creación de empleos por parte de las empresas. Un círculo vicioso.

Un año con un crecimiento muy bajo que prácticamente dejó inalterado el PIB por habitante, con una muy baja tasa de creación de empleos formales, con casi 60% de la población económicamente activa laborando en la informalidad y un repunte de la inflación, han minado la confianza de los consumidores. Y a todo ello hay que agregarle la muy deficiente reforma tributaria que entró en vigor en enero y que le redujo a muchos individuos su ingreso neto, así como el poder adquisitivo de éste. Como alguna vez dijo el ex Presidente estadounidense Bill Clinton, es la economía, estúpido , y así, mientras no haya una visible recuperación del crecimiento económico con una sólida creación de empleos formales, no habrá tampoco una recuperación de la confianza de los consumidores ni una percepción de mejora en su bienestar familiar.

Uno de los elementos que se afirma explica el bajo crecimiento de la economía mexicana es lo que se ha denominado como la debilidad del mercado interno derivada tanto del bajo nivel salarial promedio y de la notoria iniquidad en la distribución del ingreso, por lo que las exportaciones siguen siendo nuestra principal fuente de crecimiento, dependiendo intensivamente de lo que le suceda a la economía estadounidense. Para este año, el crecimiento esperado de la economía es de alrededor de 3.4%, la cual se espera se manifieste de manera más sólida a partir del segundo trimestre del año, impulsado nuevamente por el mercado externo y un incremento del gasto público. Obviamente este porcentaje es insuficiente para lograr un incremento significativo en el ingreso real de la población o hacer mella en los altos índices de pobreza que experimentamos, para que se refleje en una mayor confianza de los consumidores que los induzca a incrementar su gasto, particularmente en la adquisición de bienes de consumo duraderos y de ahí la urgencia de crecer más rápido y de manera sostenida. La pregunta es si están los incentivos correctos para que esto se logre.

El gobierno apuesta, más allá de este año, a que las reformas del sistema financiero, la de telecomunicaciones y la energética se traduzcan en una mayor inversión y, en consecuencia, en mayor crecimiento económico. Es una buena apuesta, aunque para que esto suceda es crucial como queden las leyes secundarias en telecomunicaciones y energía que el Congreso expedirá, supuestamente, en este periodo ordinario de sesiones (lo cual se ve realmente complicado, ya que se tienen que expedir más de 50 leyes derivadas de las diferentes reformas constitucionales).

Pero esto no es suficiente. Siguen existiendo diversos elementos en el marco institucional que inhiben un mayor crecimiento económico como son las altas barreras regulatorias de entrada y salida de los mercados, la inseguridad jurídica sobre el cumplimiento de los contratos, la cada vez peor percepción que tiene la población sobre su seguridad personal derivada de la alta incidencia de criminalidad, etcétera. Mientras todo esto no cambie, la economía seguirá siendo estructuralmente débil y la confianza de los consumidores no mejorará significativamente.

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