A partir de la pandemia, por la experiencia de consumo de alimentos a domicilio, muchas personas pudieron reflexionar en su vida cotidiana, toda la cadena de suministro que hace posible que un alimento llegue a su mesa, o incluso, las dificultades en la cadena que pueden hacer que un alimento escasee.

De esta manera, nos conectamos a algo que ya se había descrito como una de las características de la alimentación contemporánea: las cadenas de producción y distribución pueden ser tan largas que esto crea cierto desconcierto en el consumidor, quien en cierta manera, puede sentir mayor ansiedad por no saber, a ciencia cierta, de dónde viene o por qué tantas manos y/o transformaciones pasó ese alimento.

En una encuesta de consumo recientemente conducida en Estados Unidos, se estimó que las personas que vieron mayormente afectada su vida cotidiana en cuanto al uso de la ciudad y de la vida digital, es decir, las personas que pudieron hacer confinamiento en casa y la mayoría de su vida laboral, sus consumos alimentarios y de otros tipos se resolvió por medio de internet, fueron quiénes tienen una mayor necesidad de sentirse vinculados con el productor, con el territorio en el que fue producido ese alimento y en algunos casos, con un pasado de la nostalgia en el que los alimentos directos del productor a la mesa les brinda una sensación de menor ansiedad.

De esta manera, para cierto nivel socioeconómico no importa tener que pagar algunos dólares de más, si el producto que compran tiene características como la producción en pequeña escala, artesanal o incluso, poder poner cara y nombre a la persona que lo cultivó o lo preparó si se trata de un alimento transformado (como en el caso, por ejemplo, de quesos, conservas y otros productos preparados). Las encuestas de consumo han demostrado, no sólo este patrón, sino también la manera en la que las personas se sienten a raíz de sentirse más conectados con el o la productor(a) de un alimento. Las personas reportan sentir mayor seguridad, confort y alivio al conocer estas informaciones, en medio de la incertidumbre mundial.  De alguna manera, sienten que tienen un vínculo social (aunque sea virtual) con la persona que produjo, envolvió, preparó o distribuyó ese producto para ellos.

Y ante este panorama, muchos productores han empleado entonces estrategias para hacer que las personas se sientan más identificadas con la manera de producción de un alimento, a través de las personas. Si bien, existen productos que no son elaborados de manera artesanal, resulta una tendencia entonces informar sobre los procesos que se siguen para elaborar un alimento. Algunas conexiones con el pasado también pueden venir en forma de diseño de empaque que remonte a otras épocas.

En una situación de pandemia mundial, y de globalización alimentaria, buscamos entonces, tener arraigo al territorio, al pasado o a las personas que producen nuestros alimentos. La era digital contribuye sin duda a la sensación de necesidad de arraigo, pues la vida virtual y la vida “real” nunca habían tenido los límites más difusos que en esta situación de contingencia global. Probablemente, así como cada vez se acepta más que la distinción de lo público y lo privado parece obsoleta, la distinción de lo digital y lo real solo se ve diferencia por la manera en la que nos relacionamos con nuestros consumos.

Twitter: @lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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