El éxito público y de prensa del multimillonario Donald Trump (69) reside en su comunicación. Hasta ahora, ha invertido menos recursos que sus adversarios en la contienda interna del Partido Republicano, todo dinero propio, pero ha obtenido mucho mayor cobertura mediática y también la mayor cantidad de los votos en disputa.

La estrategia de Trump se basa en tres elementos: identifica con mucha precisión a la audiencia con la que se quiere comunicar; articula el discurso que esta audiencia quiere escuchar y aprovecha muy bien el clima anti-Obama, que el Partido Republicano creó desde el primer día de su mandato.

Hay un sector de la sociedad estadounidense formado por las clases medias y medias bajas conservadoras y blancas, que tienen miedo y se resisten a la construcción de un país cada vez más diverso y complejo en lo ético, racial, cultural, religioso e ideológico. Ven que ante sus ojos deja de ser el país en el que ellos nacieron y crecieron.

Esto provoca en ellos incertidumbre y dudas. ¿Hacia dónde van? ¿Qué les espera? Trump habla a ese grupo y se propone como quien puede hacer que las cosas vuelvan a ser como antes. Él les asegura, entre otras cosas, que si lo eligen va a impedir la inmigración musulmana, mexicana y va a sacar a todos los inmigrantes sin papeles.

Eso es lo que esa audiencia quiere oír. Su lema de campaña es: Hagamos grande a Estados Unidos otra vez . Quien va a sus reuniones piensa que antes su país era mejor, más fuerte y poderoso de lo que es Él les asegura que puede hacer que eso pase. Los entusiasma y devuelve la esperanza de volver al pasado perdido.

El contenido se acompaña de la forma propia de todo discurso populista, sea de derecha o de izquierda. Es una arenga que identifica de manera inequívoca a los enemigos. Para el caso, los inmigrantes musulmanes y mexicanos. Ahora presentes en todos los estados de la Unión. Y a los políticos que son débiles y han permitido que las cosas lleguen a donde están.

Como todo discurso populista, finca su eficacia en el insulto, en la descalificación del otro, del que no es como yo. Esas expresiones dan camino a que salga el resentimiento social que estaba ahí, pero que no encontraba cause. El personaje y el texto le permiten salir a flote. Lo liberan y despiertan esperanzas. No importa si lo que se dice y cómo se dice pueden hacerse realidad.

Hay analistas que piensan que la situación económica no es la causa del descontento de esas clases medias. Argumentan que del 2010 a la fecha, ya en el gobierno de Obama, se ha reducido el desempleo, son más las personas que tienen servicios de salud y el salario aumentó marginalmente. En cambio, la desigualdad ha crecido.

Los políticos republicanos han creado un clima de linchamiento contra Obama y todo lo hecho por su gobierno. Él es un usurpador ilegítimo, un comunista y un hombre de color. No es como ellos, blancos y legítimos herederos de su país. Los simpatizantes de Trump han hecho suyo ese discurso. Y él, millonario exitoso y blanco, como ellos, lo ha sabido aprovechar y exacerbar todavía más.

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