Muchas personas piensan que su plan de gastos —o presupuesto— está escrito en piedra y no se puede ni debe cambiar. Esto es un error porque la vida cambia muy rápido. Si nos ponemos a pensar nos daremos cuenta que las cosas nunca salen exactamente como las pensamos, en ningún aspecto de la vida. Siempre hay cosas que se cruzan en el camino y por eso tenemos que adaptarnos.

Por eso nuestro plan de gastos debe ser flexible. No es un plan inamovible que tenemos que cumplir sí o sí, porque eso sería imposible. Por el contrario, es simplemente un plan sobre cómo vamos a gastar el dinero —y los planes se adaptan a las circunstancias que se nos presentan—.

Hay muchísimos ejemplos: un amigo que no vemos hace mucho tiempo vendrá a visitarnos y se quedará unos días en casa. Eso puede incrementar los gastos en varios rubros: gas, comida, transporte, diversiones, entre otros. O bien la escuela organiza una excursión para los niños que no teníamos contemplada antes. Quizá se anuncia que nuestro músico favorito vendrá a dar un concierto y tenemos muchísimas ganas de ir, aunque no habíamos presupuestado el costo de esos boletos.

La gente a veces siente que su plan de gastos es como una camisa de fuerza y no debería ser así. Podemos cambiarlo para hacer algunas de las cosas que desconocíamos que se iban a presentar, pero que son importantes para nosotros (o estamos obligados a ello, por ejemplo si la luz llega más cara de lo que presupuestamos, tenemos que pagarla sí o sí). La clave es entender que para acomodarlas, tenemos que hacer ajustes en otros rubros de gasto. Unas por otras.

En varias ocasiones hemos mencionado que hacer un plan de gastos es hacer un ejercicio de prioridades. Es sentarnos a decidir cómo vamos a gastar la totalidad del dinero que ya ganamos (no el que vamos a recibir la próxima quincena, sino el que nos acaba de caer en nuestra cuenta). Hasta el último centavo. Como nuestro ingreso es limitado y no podemos hacer todas las cosas que nos gustaría hacer al mismo tiempo, tenemos que decidir qué es lo más importante. Incluidas las obligaciones que tenemos con terceros, como es el pago de nuestras deudas o de compromisos como facturas de servicios. También debemos contemplar en el presupuesto las metas de más largo plazo, como es el ahorro para el retiro o para algún otro objetivo que tengamos (como por ejemplo las próximas vacaciones).

Cuando las circunstancias cambian, tenemos entonces que dar un nuevo vistazo a nuestro plan, ver cómo vamos y tomar otra vez una decisión basada en prioridades. ¿Qué tenemos que dejar de hacer para acomodar lo nuevo que se ha presentado? ¿Qué rubros tenemos que ajustar para poder pagar sin problemas el recibo de la luz que llegó un poco más alto de lo que habíamos anticipado? La idea es que al final no gastemos de más, simplemente hagamos una redistribución.

Habrá algún mes en que quizá no sea posible y terminemos por gastar un poco de más. ¿Qué hacer entonces? Simplemente cuando volvamos a presupuestar, tenemos igualmente que distribuir todo el dinero que hemos recibido, pero debemos restar la cantidad que gastamos de más el mes pasado. Es como una deuda con nosotros mismos que tenemos que pagar (porque si no lo hacemos, será una deuda con el banco y nos costará mucho más dinero por concepto de intereses). De nueva cuenta: unas por otras.

Entonces, el plan de gastos es un documento que se desarrolla y adapta a medida que las cosas suceden en nuestra vida. No sólo se puede cambiar sobre la marcha: es importante hacerlo y acostumbrarnos a usarlo como una herramienta para tomar nuestras decisiones de gasto de manera informada y consciente de las consecuencias.

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Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com