Santa Fe fue un error urbano. Impuso la suburbanización y el abandono de la ciudad central, extendió con esnobismo el marco espacial de actividades en la metrópolis, con el automóvil como llave única de accesibilidad.

Santa Fe quiso condenar a la ciudad a la mediocridad de bajas densidades en pocos niveles y a la decadencia y con ello, a la ineficiencia económica, ambiental y energética. La dejó a merced del nimbismo (not in my backyard), que se opone a nueva infraestructura y a edificaciones altas de vivienda y oficinas, con las argumentaciones vecinales y provincianas de siempre. Un ingenuo (o perverso) ambientalismo fue cómplice – aquí no, que se haga en otro lado – como ocurre ahora en Lomas de Chapultepec con el edificio de Danhos.

No saben o no quieren saber, que opera una ley espacial de la conservación de la construcción (como la conservación de la materia y la energía). Esto es, si no se construye en áreas centrales, se hará en áreas periféricas al costo de un mayor consumo de recursos territoriales, combustibles y mayor huella de carbono.

Phoenix contra Manhattan. El triunfo en eficiencia, sustentabilidad y también en competitividad pertenece a ciudades densas y verticales, donde la movilidad transcurre a pie o en medios de transporte público, una mezcla intensa y vibrante de usos de suelo, donde la proximidad física, social y humana enriquece y estimula la productividad y convivencia y favorece la seguridad pública.

Santa Fe fue concebida por Servimet (ya liquidada) como epítome de modernidad; anzuelo esnob irresistible para muchos. Santa Fe asombra, encandila a la distancia, aunque el acercamiento revela un desgobierno vergonzoso (baches, basura, ausencia de banquetas, desaliño urbano). Santa Fe ha sido un mundo exclusivo para automóviles (ahora, para una inmensa flota de SUVs que envidiaría el Cártel del Golfo, líderes sindicales y diputados), ensamblado a partir de claustros cerrados, edificios monumentales pero autistas y sin diálogo con un espacio público inhóspito. Las calles fueron erradicadas como elemento de orden, estructura y encuentro social, y destinadas a ser sólo paso de vehículos anónimos.

En un delirio de exclusión, Santa Fe olvidó su conectividad con la ciudad y servicios elementales para sus empleados y trabajadores.

El gobierno de López Obrador abultó la hernia urbana, al aprovechar las plusvalías de los terrenos remantes de lo que fue Servimet y que de facto buena parte de ellos constituían reservas ecológicas.

Ordenó que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal cambiara las regulaciones de uso del suelo, aumentó las densidades permitidas y abrió la puerta a su urbanización. Los terrenos se permutaron entonces de manera opaca por una victoria electoral a la vista, que sería obtenida con el segundo piso del Periférico y puentes que integrarían a Santa Fe con la ciudad.

La victoria electoral no llegó, tampoco los puentes desahogaron la hernia; estúpidamente sólo condujeron a callejuelas estrechas y la congestión se trasladó dos barrancas más allá. No es posible conocer los detalles, ya que el expediente está reservado, pero las obras viales se financiaron con cargo al erario, al patrimonio inmobiliario y a las áreas verdes de la ciudad. Lo peor fue un segundo piso improvisado y con una fealdad y calidad urbanística atroces.

¿Qué hacer con la hernia? ¿Dejar que se estrangule y gangrene? Aunque esto podría ser cínicamente asumido como posibilidad, como política sería suicida, y su costo, astronómico; haría, durante un tiempo largo, más cruel el vía crucis para los trabajadores de Santa Fe.

La Supervía es entonces una intervención (by pass terapéutico) realista e impostergable. Los costos ambientales desfavorables que pueda tener su construcción son perfectamente mitigables y son superados por sus beneficios. Los argumentos catastróficos no pueden tomarse en serio.

Quienes la usemos, pagaremos los costos de capital, operación y mantenimiento y el precio (cuota) se ajustará a la demanda para lograr su utilización eficiente. Mejor, conllevará un nuevo sistema de movilidad colectiva a través de una línea especializada de autobuses RTP para desahogar uno de los pares de origen y destino que más viajes por persona genera la ciudad (sur- poniente).

En todo caso, debe ser exigible un diseño de calidad de puentes y viaductos, con gracia y elegancia arquitectónica.