Lo encendido y apasionado del debate en torno al nombramiento de los ministros de la Suprema Corte no puede ser sino una buena noticia. Por primera vez, quizá desde el siglo XIX en que la Corte tenía un gran poder, nunca los mexicanos habíamos estado tan interesados en los nombramientos de nuestro tribunal superior.

Cuenta el Ministro José Ramón Cosío que el día que fue ratificado por el Senado, en diciembre del 2003, no sólo no hubo polémica, no hubo debate y fue mal cubierto por los medios. Tomó protesta y se fue a su nueva oficina sin que nadie celebrara, protestara o lo interpelara. El más reciente nombramiento, el de Eduardo Medina Mora, desató un vendaval y desató pasiones; la suplencia de los ministros Olga Sánchez Cordero y Juan Silva Meza, que habrá de decidirse antes del 15 de diciembre, ha sido objeto de un intenso debate. El simple hecho de que estemos atendiendo y discutiendo este tema implica que finalmente las reformas del gobierno de Zedillo están dando resultados, pero sobre todo que nuestra democracia vive, ahora sí, una plena división de poderes.

Pero más allá de grillas y nombramientos, lo que está en juego en el país es el sistema de justicia. Una Corte independiente, fuerte y plural es el primer paso para conquistar la justicia perdida, pero no es suficiente. Por la Corte pasarán cada día más temas que influyen en nuestra vida cotidiana, no sólo en temas de familia y convivencia, en donde la Corte ha resuelto, por la vía de la jurisprudencia, lo que el legislativo, por razones políticas y electorales, no ha logrado, sino incluso en materia económica.

Pero el gran reto de México y, particularmente, de la Corte, es la justicia cotidiana. Sin dejar de valorar la importancia que ha tenido ya el tribunal con sus decisiones, la segunda gran transición de este país debe ser en materia de justicia, aplicación de la ley y de vigencia del Estado de Derecho. No hay democracia sin justicia y es ahí donde la anhelada y compleja transición que comenzó a finales de los 90 ha hecho agua y nos tiene en una severa crisis de confianza y credibilidad institucional. Si no somos capaces en los próximos años de bajar ese nivel de debate y cambio a los tribunales superiores de justicia de los estados, si no transformamos este momento de la Corte en un profundo cambio del sistema judicial, si no logramos que ante el juez todos seamos iguales y las justicia siga siendo un asunto de dinero, de nada sirve la pasión y las batallas por una elección transparente de ministros de la Corte.

La transición de la justicia empieza por la Corte, pero nadie ha puesto aún sobre la mesa el siguiente paso.

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