Muerto Mao Tse Tung en 1976, la llamada Banda de los Cuatro, que dirigía su viuda Jiang Qing, fue exterminada por los nuevos dirigentes de China, poniendo fin a un periodo en la historia de ese país: la revolución cultural. Ayer me acordé de ese evento por un asunto muy distinto, las comparecencias de Warren Buffet, Raymond McDaniel y Eric Kolchinsky en la comisión del Congreso de EU que investiga la crisis. Estos personajes están vinculados con Moody’s, S&P y Fitch, que forman la banda de las tres que controla la calificación de crédito en los mercados financieros globales.

A pesar de que no visita sus oficinas ni sabe dónde están, Buffett es uno de los principales accionistas de Moody’s, McDaniel su director general, Kolchinsky es hoy su enemigo, pero en el 2007 era su director a cargo de la calificación de las obligaciones subprime de deuda colateralizadas (CDO).

Con la burbuja de crédito a punto de reventar, la empresa obtenía 44% de sus ingresos en los nuevos negocios de crédito estructurado, 20% los aportaban los CDO. Este cartel es corresponsable de la peor crisis financiera de los últimos 100 años y de la recesión más prolongada desde la posguerra. Pero a diferencia de la banda china, ésta sigue siendo poderosa: todo tipo de bancos e inversionistas le buscan y le tienen fe.

En 1909, John Moody inventó la calificación de crédito al publicar opiniones sobre la probabilidad de pago de bonos ferroviarios, los CDO de aquel entonces. En teoría, una calificadora de riesgo emite una opinión sobre un aspecto de una entidad financiera: la probabilidad de pago de su deuda en el tiempo establecido. Estas empresas mejoran sustancialmente el funcionamiento de los mercados financieros a través de:

1) mitigar problemas de información asimétrica entre oferentes y demandantes de crédito; 2) abatir el costo de la información, 3) reducir los costos de monitoreo de las empresas emisoras de deuda, y 4) estandarizar los criterios de evaluación de las empresas promoviendo mayor liquidez.

La industria está sujeta a un conflicto de interés, las calificadoras no trabajan gratis, son empresas privadas que como cualquier otra buscan maximizar sus beneficios. La parte vendedora o la parte compradora debe pagar por la calificación. La empresa o el banco de inversión que emite la deuda paga y, sin la regulación apropiada, el que paga manda.

La regulación actual complica este problema. Bancos centrales y otros reguladores han otorgado implícitamente a la banda de las tres facultades de cuasi-reguladores exigiendo a bancos, casas de Bolsa y compañías de seguros que calculen sus requerimientos de capital-reservas valuando sus portafolios de deuda con estas calificaciones. Otros inversionistas se ven forzados formal e informalmente a invertir sólo en instrumentos de deuda calificados por estas empresas.

Según Kolchinsky en la burbuja la dirección de Moody’s se enfocó en mantener su participación de mercado, en obtener sus metas de rendimiento, y mucho menos en acrecentar su reputación. Los analistas incómodos renuentes a otorgar calificaciones altas ( AAA por ejemplo) a instrumentos de dudosa calidad eran hostigados, y en algunos casos documentados fueron reasignados a otras funciones a solicitud de empresas o bancos de inversión. Esto le sucedió a uno que le caía particularmente mal a Goldman Sachs. La banca grandes empresas y la banca de inversión salían de compras o shopping con la banda de las tres, casi siempre una de ella terminaba otorgando la calificación buscada.

En EU y Europa se discuten opciones de regulación para dar fin a esta situación. Mientras, parece que Buffett vende sus acciones.

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