Los analistas que consulta mensualmente el Banco de México eliminaron olímpicamente de la lista de sus preocupaciones el tema de la ausencia de cambios estructurales. ¿Será que ven algo que el resto no podemos, o de plano ya se subieron a la ola optimista que quiere provocar el gobierno?

Durante años, la crítica y el análisis de la treintena de expertos en economía apuntaba a esta carencia de cambios en las más diversas áreas, como los temas fiscales, energéticos, judiciales. En fin.

Una de las partes más atractivas de la encuesta mensual del banco central es precisamente aquella en la cual preguntan a los expertos sobre los lastres para el crecimiento económico durante el semestre siguiente.

Es siempre interesante ver cómo ven los analistas el balance entre los problemas locales y los externos, entre lo que tiene que ver estrictamente con un manejo financiero público y los problemas causados por los agentes privados. En fin, es una sección con una alta carga política.

Y durante años, realmente años, la respuesta número uno había sido la ausencia de cambios estructurales; eso era ante los ojos de los expertos un enorme lastre para que esta economía pudiera despegar más allá de sus topadas tasas de crecimiento de 3.5 por ciento.

La respuesta aumentaba o disminuía su intensidad en la medida que en el Congreso se intentaba una y otra vez sacar adelante alguna reforma, sobre todo en materia energética y fiscal.

México había logrado desprenderse de los temas macroeconómicos como un factor de riesgo para la economía. El tipo de cambio, la inflación, las tasas de interés ya no eran factores que desataran crisis en esta economía.

Pero la ausencia de un crecimiento económico sostenido y con tasas altas ha sido históricamente adjudicada a la falta de cambios estructurales; tanto así que se convirtió en un lugar común, en una letanía recitada como parte de un discurso político de presión, sobre todo desde los sectores de derecha.

Por eso, cuando llega este gobierno con una agenda de cambios estructurales y éstos incluyen reformas constitucionales de la profundidad de las logradas en materia de energía y telecomunicaciones, es fácil entender que se acredite el expediente de las reformas estructurales.

Y si bien la reforma fiscal quedó lejos del terreno de lo estructural, el calado de los cambios constitucionales logrados anula el discurso de exigencia de cambios profundos.

Sin embargo, el relajar la presión política en torno a esos cambios no implica que éstos hayan quedado completos. La ausencia de las leyes secundarias que den viabilidad a los cambios constitucionales, sobre todo en materia energética, nos regresan al punto de partida.

No se puede confiar simplemente en que el partido gobernante puede constituir con facilidad una mayoría simple para aprobar las leyes secundarias, porque sabemos que no hay garantías en el Congreso.

Hasta que no estén plenamente aprobadas, publicadas y en vigor todos esos complementos legales de los cambios estructurales no debería haber un relajamiento en el tema; sobre todo cuando estamos llegando a la mitad del tercer mes del año, cuando al periodo ordinario de sesiones le quedan pocas semanas de trabajo y todavía no hay iniciativas en esas materias.

Ni los analistas que consulta el Banco de México, ni nadie puede confiarse en que ése es un tema superado.