Han llegado los organismos del sector privado a tal nivel de pasividad que hasta los secretarios de Estado les tienen que recordar que su papel es defender la posición de los empresarios.

En el colmo de la pasividad, Javier Lozano, secretario del Trabajo, indicó la timidez con la que las múltiples cámaras comerciales e industriales y sus confederaciones reaccionaron ante el congelamiento de la iniciativa en materia laboral.

Como si no entendieran los alcances de la decisión de la fracción parlamentaria del PRI de congelar la iniciativa en materia laboral, el sector privado se quedó pasmado, calladito, ante la barbaridad de tener listo un planteamiento de tal importancia y simplemente congelarlo.

En sus buenos momentos, la voz de la Iniciativa Privada se deja escuchar. Entre los dirigentes de los organismos cúpula ha habido auténticos líderes que alzan la voz y no gritan otra cosa que su derecho a ser tomados en cuenta como protagonistas nacionales.

Desplegados, conferencias, declaraciones, lo que haga falta para reclamar a los que han faltado a sus obligaciones que tienen un compromiso con su país.

Pero ahora, nada. Con una resignación que levantaría sospechas que van de la cobardía a la complicidad, ningún dirigente empresarial tuvo el valor de decir: A ver diputado Francisco Rojas díganos si Enrique Peña Nieto le ordenó congelar la ley laboral .

Tiempos aquellos en que Manuel Clou­thier o Carlos Abascal encabezaban el sindicato de patrones.

O cuando las voces de Juan Sánchez Navarro o Claudio X. González desde el Consejo Coordinador Empresarial eran críticas y fuertes ante las arbitrariedades de los hombres del poder.

La apagada voz empresarial de hoy ya no tiene como gremio representación legislativa, como fue en su oportunidad. Hay legisladores del sector privado, pero representan firmas no causas.

Hoy las voces empresariales que se escuchan son fuertes, pero individuales. Son empresarios que se enfrentan con otros empresarios en terrenos como las telecomunicaciones, pero que no implican nada más que la defensa de sus intereses personales.

Hoy, en México pueden ser diputados impunes e improductivos personajes como Gerardo Fernández Noroña, pero no hay espacio para un dirigente empresarial.

Tiene que ver también con que en la historia de muchos dirigentes del sector privado hay testimonios de un aprovechamiento personal de las siglas, sin procurar el bienestar de sus organizaciones.

Hay en la historia dirigentes empresariales diputados y senadores, gobernadores, secretarios de Estado, concesionarios, contratistas y mucho más obtenido a través de sus puestos de representación.

Hay tal desprestigio de la actividad empresarial difamada por grupos sin escrúpulos que los hacen ver como sinónimo de maldad, que no hay indignación cuando un gobierno como el del Distrito Federal limita la libre empresa para proteger a los grupos de poder.Los organismos del sector privado viven una crisis profunda de representatividad, de viabilidad económica y de una voz tan apagada que podría fácilmente extinguirse ante la contundencia de las voces individuales del mismo sector privado que se representan a ellos mismos.

La primera piedra

Ante la ausencia en México de otra línea aérea fuerte, Aeroméxico tiene ciertas obligaciones que no puede dejar de cumplir y para eso debería servir la autoridad.

Resulta que esta empresa ha provocado un auténtico caos en sus operaciones y con ello multiplica las historias de desesperación y pérdida de tiempo, y recursos de sus clientes que han tenido que enfrentar los experimentos de este competidor, claramente dominante en ese mercado.

Aquí es donde se nota la falta de una autoridad responsable de evitar que operadores de la importancia de Aeroméxico experimenten con sus pasajeros.

Es todo menos prudente que esta empresa convierta un cambio de plataforma tecnológica en una improvisación por falta de planeación y pruebas previas suficientes.

Las largas filas y las horas que han tenido que esperar sus pasajeros, además de los malos tratos a sus clientes deberían generar una investigación sobre el desempeño de Aeroméxico.

Porque daría la impresión de que esta empresa, desde que no está Mexicana, comete muchas arbitrariedades con lo más importante que tiene: sus clientes.

No sería mala idea que la Comisión Federal de Competencia se interesara un poco en este caso y viera si muchas de las nuevas prácticas de Aeroméxico no podrían coincidir con las de una empresa dominante en el mercado.