Me gusta imaginar los procesos electorales como una carrera de relevos para encender un pebetero. Una carrera en la que cada equipo quiere hacerse cargo de la responsabilidad del fuego que Prometeo robó para los mortales. Me gusta imaginar que estos equipos se preparan durante mucho tiempo, que ponen a sus mejores atletas a competir, que respetan las reglas, que escuchan a los organizadores y que al final, honran al equipo que gana. 

Me gusta imaginarlo así para diluir el magma de mediocridad que nos cubre en periodos electorales y para atenuar la vergüenza que siento al reconocer en esos brócolis bailadores a mis congéneres connacionales. Pero ni diluyo mucho ni atenúo gran cosa. Los candidatos siguen ahí tal como son: personas vulgares sin antorcha y sin nobleza. Peones de equipos mezquinos, animadores de un espectáculo soez para un público ordinario. 

Es lo que hay. Es lo que hubo durante las pasadas semanas y es la materia prima con la que en México hacemos democracia para renovar autoridades y jerarquizar anhelos. Esta vez nos salió peor, pero sigue siendo funcional.

Me explico. A la ordinariez de nuestra clase política se sumaron este año dos fenómenos especialmente nocivos. Ninguno de los dos es nuevo, pero ambos se manifestaron con especial crudeza este año. Me refiero por un lado a la violencia asesina y extorsionadora contra candidatos, y por el otro a la participación de un actor excepcional como lo es Andrés Manuel López Obrador. Esta doble circunstancia tiene un impacto mayor al evidente, que ya es de suyo monstruoso si lo enunciamos como vidas segadas e inequidad en la contienda. 

Digo que el impacto es mayor (no menos detestable), porque se separa del presente y se hunde en nuestro futuro. La violencia envilece la idea de participación en la carrera de relevos tanto para los atletas (oh, denme esa licencia), como para los equipos y los espectadores, pero además, la injerencia presidencial deforma el espectáculo al sustituir al narrador del encuentro por un contador de historias fantásticas. 

¿Quién iba ganando, quién hizo trampa, quién es mejor, a quién le apuestan? Esas preguntas dejan de tener un espacio consistente para darle lugar a la ilusión. Hombre, para que seguir la antorcha y a los equipos si podemos ver que aparece una refinería, desaparece una orden de aprehensión, surge un conejo de culpa hispánica y se reparten jitomates para jugar al blanco con los organizadores. 

Salgo de la analogía. ¿Cómo vamos a ejercer con libertad el derecho a jerarquizar anhelos y castigar las fallas de nuestros gobernantes si la sangre nos salpica y la información no encuentra canales hacia el electorado porque hay una voz más fuerte en el podio presidencial? El proceso de este año ha sido el más violento desde que se tiene registro y es notable la distorsionada y casi invisible presencia de candidatos y equipos. Nos salió peor. 

Definitivamente nos está saliendo peor, pero ojo, esto sigue funcionando. Lo sostengo y respiro aliviada al constatar que aunque hubo un distorsionador, sangre, jugadores antisistema y campañas para homínidos recolectores, la organización electoral sigue en pie, la jornada se sostiene y los canales para procesar tanto a los tramposos como a los gritones, están abiertos. Dije abiertos, nada más. La Fiscalía Electoral, el Tribunal Electoral, la Suprema Corte y la Fiscalía General de la República, con sus correspondientes instancias estatales, son elementos deficientes del tablero, pero aún funcionan. 

Ya nada más nos faltaba que a la vulgaridad de los peones, la vileza de los equipos contendientes, la crueldad de los jugadores antisistema y la miopía del profeta en turno, se sumara la desintegración del tablero. 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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