Señor diputado Vidal Llerenas, simpatizante de Morena. Después de sus cuatro entregas que generosamente ha publicado El Economista —todas ellas preocupantemente apologéticas del supuesto “nuevo enfoque” que promete el candidato Andrés Manuel López Obrador— una conclusión se desprende con toda claridad: que su motivación fundamental en materia de estrategias económicas es su aborrecimiento personal, a priori, con respecto a lo que denomina despectivamente “las políticas neoliberales”. Esa postura ideológica —tajantemente alejada de la “discusión seria y sin prejuicios” a la que convocó en su segunda colaboración— constituye en realidad una deformación intelectual con implicaciones muy graves.

Diputado Llerenas: lo importante no son las etiquetas ideológicas con las que es posible calificar a las políticas económicas, sino algo muy diferente y de mucha mayor trascendencia: la viabilidad de esas políticas, o sea, su eficacia para conseguir los fines que se desean. O como lo dijo en su momento el líder reformista chino Deng: “Lo que importa no es el color del gato, sino que cace ratones”. Y desde esa perspectiva de la viabilidad es que despiertan tantas dudas las propuestas orientadas a supuestamente tener “un país que se proponga redistribuir la renta” que con tanto espíritu redentor propala a los cuatro vientos su candidato.

Intentaré explicarme. Yo en mi calidad de economista profesional no hubiera tenido renuencia a, por ejemplo, discutir en su momento la conveniencia o no de implantar un control generalizado de cambios con la finalidad de suprimir la posibilidad de fugas de capital masivas como las que sufrió el país a finales de los sexenios de LEA y JLP en el fatídico año de 1994. Mi rechazo a esa política es por su incapacidad para alcanzar dicha finalidad y no por la naturaleza dirigista y claramente autoritaria de un control generalizado de cambios. Esta conclusión la conocía en su momento cualquier economista con dos dedos de frente a excepción de los teólogos que se la recomendaron al oído irresponsable de López Portillo junto con la medida, falsamente complementaria, de estatizar la banca. Si la propuesta invocada por el diputado Llerenas en la segunda de sus entregas en cuanto a “cambiar el sistema financiero” conlleva la posibilidad de su estatización, mi oposición se daría básicamente por las razones ya expuestas de la viabilidad: en ninguna parte del mundo una banca gubernamental ha resultado a la larga eficaz “para que —Llerenas dixit— sirva facilitar el ahorro y el crédito”.

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Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico