En los últimos días, el discurso de la responsabilidad individual sobre el propio bienestar —incluyendo, por supuesto, a la salud frente al Covid-19— ha primado en diferentes esferas de la vida pública.

Desde las ciencias sociales, el estudio del discurso de la responsabilidad individual está intrínsecamente relacionado con la aparición histórica del neoliberalismo y sus diferentes formas de expresión. El discurso del repudio al neoliberalismo, como se ha manejado en los últimos tiempos, es meter en un mismo saco todos los males económicos, políticos y sociales como consecuencia del mismo, como si fuera el monstruo responsable de todos los males, sin distinguir qué características del neoliberalismo ni en qué contexto se está hablando de ello. Sin embargo, resulta irónico que una de las características principales del neoliberalismo tan vilipendiado es la exaltación de la responsabilidad individual para que las instituciones, en el sentido sociológico, se laven las manos sobre temas estructurales que impactan en el bienestar de la población.

La exaltación de la responsabilidad individual en la salud pública es una de las áreas mayormente estudiadas por sociólogos para ejemplificar cómo, a través de los discursos moralizantes, culpabilizantes y que exaltan el raciocinio individual, se pretende que las personas se sientan las únicas responsables de su salud, de su alimentación y de su bienestar. Bajo estos discursos, encontramos, por ejemplo, cómo la moralización de la obesidad como resultado de la negligencia individual acomoda perfectamente a la falta de estrategias estructurales que aseguren las condiciones mínimas de bienestar económico, social y cultural para prevenir el tema de la obesidad. De esta manera, resulta conveniente el discurso sobre la fuerza de voluntad para racionalizar las decisiones alimentarias de manera individual, como si los factores económicos, ecológicos, culturales y sociales no incidieran sobre lo que una persona come.

En épocas del Covid-19, atestiguamos, por un lado, los estados que decidieron tomar el control de la salud de la población, incluso imponiendo multas a quienes no respetaran el toque de queda del confinamiento. El sociólogo y filósofo francés Michel Foucault probablemente observaría con regocijo y a la vez con sorpresa cómo sus propios tratados sobre el biopoder fueran superados, viendo cómo cada vez el control de las poblaciones y de los individuos se ejercería a partir de la salud y la conservación de la salud. En ocasiones, en la forma de ejercer este tipo de biopoder, como con cualquier otro poder, las formas de control resultan impositivas.

Por el otro lado, vemos cómo ciertas instituciones se deslindan de la responsabilidad institucional y apelan a que cada individuo decida lo que es mejor para él en cuestión de prevención. Algo así como los discursos de salud pública que se emiten acerca de la obesidad, la diabetes y las enfermedades crónico-degenerativas que aquejan a la población. El tema es que la responsabilidad individual tiene un límite intrínseco, ya que todo ciudadano está sujeto a las normas que las instituciones ejercen sobre él. Y es esta responsabilidad de la que muchos se quieren desvincular cuando los temas de salud, alimentación y bienestar, rebasan una simple recomendación y evidencian las carencias estructurales de las condiciones laborales, de vivienda, de acceso a la educación, a la salud y al bienestar en las que algunos han estado inmersos durante décadas. El Covid-19 fue sólo una ficha de dominó que cayó sobre los demás temas sin resolver, que debilitaban ciertas estructuras.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.