En diversas ocasiones me he referido en este espacio a la irracional política de comercio exterior que ha venido enarbolando el presidente de Estados Unidos (EU), Donald Trump, quien ha utilizado el proteccionismo como una de sus herramientas fundamentales para poder construir una oferta populista a diversas regiones de ese país, así como a distintos grupos poblacionales. Ahí está el caso de las constantes amenazas de una eventual salida de EU del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); la decisión de abandonar en enero del 2017 el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) que había firmado el presidente Obama con otras 11 naciones, entre ellas México; las presiones sobre Corea del Sur para renegociar el acuerdo de libre comercio entre ambas naciones; las constantes presiones sobre la Unión Europea; y desde luego, la batalla que libra con China casi desde el inicio de su administración en un afán de reducir al máximo el déficit comercial con esa nación.

En primer lugar, hay que decir que al menos por lo que dicen los datos sobre el comercio exterior de EU al cierre del 2018, sus desplantes consistentes en elevar aranceles para la importación de diversos bienes, ya sea intermedios o finales, como el acero o los autos, o al comercio proveniente de un país en particular como es el caso de China, simplemente le salió al revés. Por ejemplo, la balanza comercial de bienes y servicios de EU pasó de un déficit de 807,000 millones de dólares en el 2017 a uno de 891,000 millones de dólares en el 2018, un deterioro de prácticamente 10.4% en apenas un año y en el contexto de un uso intensivo de medidas proteccionistas por parte de la administración Trump. El deterioro también se observa cuando se mide el tamaño del déficit comercial como proporción del PIB estadounidense, pues pasó de representar 2.8% del PIB en el 2017 a 3.0% en el 2018.

Ahora, para paliar el daño que ha ocasionado a los productores agrícolas de diversos estados de la unión americana, por las represalias que China, y en su momento otros países como México, han adoptado contra el comercio de diversos granos producidos en EU, el gobierno de Trump anunció desde septiembre del año pasado una serie de apoyos a los productores agrícolas, que desde luego tendrán un impacto en el resultado de las finanzas públicas para el presente ejercicio. El programa de ayuda ha destinado cerca de 12,000 millones de dólares; sin embargo, dado que el sector agropecuario sigue padeciendo las represalias comerciales, en días recientes Trump anunció un programa consistente en que el gobierno de EU adquiera producción agrícola hasta por un monto de 15,000 millones de dólares, para después donar esos productos a países con población en situación de hambre.

Además de las críticas que este último anuncio ha provocado, está la crítica al programa anunciado en septiembre, pues aún cuando se establecieron límites a los apoyos a recibir por agricultor, muchos se las han ingeniado para recibir por encima de esos límites. Según reportó ayer el Financial Times, 10% del total de los productores se ha beneficiado obteniendo un poco más de 50% de los apoyos monetarios otorgados.

Por el lado de los consumidores, hay diversos estudios que ya muestran cómo tanto los consumidores estadounidenses como los exportadores de ese país que utilizan insumos importados que ahora están sujetos a aranceles mucho más altos, están padeciendo las consecuencias de la absurda guerra comercial de Trump. Los primeros, a través de precios más altos para bienes de consumo cotidiano; los segundos, perdiendo competitividad frente a otros países exportadores, por mayores costos de producción.

La lección es importante: cuando un presidente se ufana de hacer mejor las cosas que lo que recomiendan los economistas y demás especialistas, suelen provocar situaciones peores que las que se pensaba corregir y con un elevado costo.

*El autor es economista.

Gerardo Flores Ramírez

Experto en telecomunicaciones

Ímpetu Económico