El miércoles de la próxima semana el gobierno de la Gran Bretaña notificará formalmente su decisión de invocar el artículo 50 del Tratado de Lisboa, con lo que debe iniciar oficialmente su proceso de salida de la Unión Europea.

No deberá haber una respuesta virulenta por parte de los mercados como lo hubo aquel 23 de junio, cuando la mayoría de los británicos optó por respaldar la salida del Reino de la unidad de 28 países europeos.

Está descontado que los de la isla se van y se ha asumido que habrá costos económicos y financieros para los británicos, para los socios europeos abandonados y de hecho para todo el mundo.

Lo que sigue es saber en qué términos se van los súbditos de Isabel II del pacto, porque está claro que el abanico de posibilidades es muy amplio.

Lo que el gobierno de la primera ministra Theresa May quisiera ver es una restricción a la libre circulación de trabajadores, pero conservando todos los privilegios del libre comercio con los socios europeos. Esto es algo que simplemente no va a suceder.

El peor de los escenarios para los británicos incluye que les impongan toda clase de barreras y que los traten como los extraños en los que se quieren convertir, y que de paso, pierdan a Escocia de la unidad británica, ante el renovado intento de autonomía escocesa vía un nuevo referéndum.

Está claro que tampoco los europeos despreciados y despechados van a romper completamente con el Reino Unido porque simplemente eso a nadie conviene.

Pero dejar los privilegios del comercio comunitario a un país que será externo a la Unión Europea sería un grave error que le podría costar el futuro mismo a esa unión.

Sobre todo cuando en diversos países se han dado brotes de extremismos que quieren seguir los pasos secesionistas de los británicos. Holanda, Austria, Francia y hasta la comunidad autónoma española de Cataluña.

La unidad europea dependerá de la contundencia que muestren respecto a la salida británica del bloque. Si no es ejemplar el costo, que se preparen para la desbandada.

Hay un daño moral al bloque europeo que no es producto del Brexit sino de muchos años de crisis y malos resultados económicos. En este escenario la salida británica es sólo un clavo más.

En materia financiera los europeos restantes deben poner reglas claras para que cualquier operador que quiera gozar de las mieles de ese mercado tenga que despachar desde el territorio y con las reglas de la Unión Europea. Si no, lo podrá hacer, pero como externo.

En materia comercial, tienen que aparecer los aranceles, las limitantes que se aplican a todos los externos. Unos con mejor trato que otros. La Gran Bretaña podría quedar en un estatus similar al que tiene, por ejemplo, Canadá, que tiene un envidiable acceso al mercado europeo, pero siempre como un externo.

Si al reino británico no le sale cara su decisión de abandonar al grupo, darán incentivos para que en no mucho tiempo la Unión Europea quede como un pacto muerto.