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El fútbol es posiblemente el deporte más popular del mundo. Este deporte no ha sido ajeno a la globalización, beneficiándose de los avances en la comunicación, que nos permiten ver prácticamente cualquier partido de cualquier liga del mundo. La globalización ha influido también en la manera en la que se organiza el fútbol, y sobre todo, en la movilidad de los jugadores. No es casualidad que las ligas más fuertes se encuentren en Europa –en donde hay una alta concentración de jugadores de todas las regiones del mundo– que es dónde también se ha dado el experimiento más ambicioso en materia de liberalización de mercados e integración regional: la Unión Europea (UE).

El equivalente futbolístico del proyecto pan-europeo de integración política, económica y social que representa la UE sería la Liga de Campeones de la UEFA (Champions League), cuyo ganador es generalmente considerado el mejor club de fútbol del mundo.

Al igual que la globalización, estos proyectos de integración futbolística europeos también han recibido golpes fuertes. La Liga Premier de Inglaterra, que está permanentemente en los primeros dos lugares de las mejores ligas del mundo, fue afectada por el Brexit: todos los jugadores de los países de la UE (españoles, franceses, italianos, etc.) súbitamente se conviertieron en “extranjeros” y por lo tanto, deben competir con jugadores de todo el mundo por un limitado número de lugares en los equipos.

El episodio más reciente en estas olas de confusión es la creación (y rápida muerte) de la Superliga Europea, con la participación de equipos ingleses, italianos y españoles. El proyecto suponía que estos equipos jugarían en una liga separada, con posibles ganancias potenciales de 10 mil millones de euros. Un proyecto de este tipo pondría en cuestionamiento las estructuras organizacionales existentes: primero la de las ligas locales de cada país (ya que, por ejemplo, el Real Madrid ya no jugaría en la liga de España), y en una segunda dimensión, la de la estructura europea (porque Liverpool ya no jugaría la Champions).

Es decir, un grupo de equipos poderosos y acaudalados se fugarían a un lugar propio, dejando atrás  las estructuras que se crearon para otorgar la oportunidad de competir a clubes que tradicionalmente no tienen esas características - justo el objetivo de la Unión Europea, si lo pensamos en términos políticos. 

La presión de los aficionados, de otros clubes y de las propias autoridades (FIFA y UEFA) obligaron a que los clubes fundadores se retiraran del proyecto. ¿Qué sucedió? En el sentido globalizador integracionista, una liga de este tipo hubiera sido el siguiente paso natural, ya que agruparía permanentemente en un mismo nivel a todos los equipos similares enrte sí, independientemente de estén físicamente en otro país o que juegen en ligas locales diferentes. Si la UE permite que un ciudadano italiano vaya a trabajar a Polonia o a Francia, ¿por qué no podriamos tener una Superliga donde un equipo español compita de manera regular (y no por  efectos casuísticos, como en la Champions) con equipo italiano o un equipo inglés?

Como dice el periodista israelí Nadav Eyan en un libro reciente*, “la globalización se mantiene inestable y defectuosa, pero no es por falta de ideas … para la izquierda, la globalización y las prácticas que fomenta están marcadas por la explotación; para la derecha, esas prácticas son contrarias a los valores comunitarios”.

Si lo extrapolamos, los argumentos contra la Superliga no suenan tan diferentes de lo que escuchamos en estos tiempos en el contexto de la crisis económica causada por el Covid-19 y el cuestionamiento a los sistemas político-económicos: para los aficionados que se opusieron a la idea, la creación de la Superliga eliminaría tradiciones enraizadas en la historia de sus clubes y les deprivaría de oportunidades, mientras que los clubes que no participarían en el proyecto lo condenaron como un ejercicio de simple ambición monetaria, ya que indudablemente esa Superliga captaría más dinero de patrocinios, derechos de televisión y otras fuentes de ingresos, pero esos beneficios se concentrarían solamente en unos cuantos equipos.

El ejemplo nos remite nuevamente al debate inacabado a que, en la opinión de muchos, el futuro del mundo es a final de cuentas una batalla entre los valores tradicionales que arropan a nuestra identidad y la búsqueda de las ganancias monetarias a toda costa.

* Revolt: the worldwide uprising against globalization.

El autor es académico de la Universidad Panamericana; previo a eso, desarrolló una carrera de veinte años en el gobierno federal en temas de negociaciones comerciales internacionales.

@JCBakerMX

Juan Carlos Baker

Académico

Pistas de aterrizaje

Juan Carlos Baker es académico de la Universidad Panamericana. Durante veinte años trabajó en la Secretaría de Economía, en la Subsecretaría de Negociaciones Comerciales Internacionales, de la que fue titular entre 2016 y 2018.

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