La ONU, desde varios países, puede ser identificada como un planeta. Se encuentra muy lejana de nuestra realidad.

Lo que diga su secretario general difícilmente tendrá una traducción simultánea a través de la realidad, es decir, será muy raro ver en la apertura de un noticiero una nota sobre la ONU.

Algo más, las múltiples áreas de la ONU son totalmente desconocidas por la mayoría de los habitantes del mundo.

¿Quién es António Guterres? ¿Delantero del Benfica o del Oporto?

¿Quién es Tedros Adhanom Ghebreyesus? ¿Un filósofo coetáneo de Parménides o un chef de moda de un restaurante  cinco estrellas de Michelin?

Guterres, secretario general de la ONU, y Adhanom, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), tendrían que ser las dos principales figuras del mundo al frente del timón durante esta travesía llamada Covid-19.

El doctor Adhanom lo hizo popular el presidente Trump al criticar el manejo de la OMS al inicio de la pandemia. Algo peor, Trump canceló las aportaciones financieras a la OMS por supuesta connivencia con el gobierno chino.

Ayer, en Italia murieron 993 personas por efectos del nuevo coronavirus. Récord desde que inició la pandemia. El 27 de marzo fallecieron 969 personas. La diferencia entre el 2 de diciembre y el 27 de marzo es clara: el mundo ha asimilado el virus y está dispuesto a sortear la muerte con tal de salir a las calles bajo el instinto de la cotidianidad que dice, “aquí no pasa nada”.

Uno asume que la libertad de uno impera sobre la irresponsabilidad del otro. Uno tiene la libertad para morir, pero no la tiene para contagiar.

Asistir a una fiesta tumultuosa incrementa la probabilidad de contagio al igual que el acto de no usar cubrebocas. Sin embargo, para diversos presidentes, en algún momento tendremos que morir. Brillante conclusión que emula lo dicho por el filósofo Parménides: “Lo que es, es, y lo que no es, no es”.

Así lo ha dicho el brasileño Bolsonaro, un esperpento de presidente que debería de ser llevado a la cárcel por las decisiones y frases criminales en contra de la población brasileña.

Ayer, António Guterres criticó a los países (sin mencionar nombres aunque no es nada complicado identificarlos) que rechazaron los hechos sobre la pandemia de coronavirus e ignoraron las directrices de la OMS.

“Desde el principio, la Organización Mundial de la Salud proporcionó información objetiva y orientación científica que debería haber sido la base para una respuesta global coordinada”, dijo Guterres.

“Desafortunadamente, muchas de estas recomendaciones no fueron seguidas. Y en algunas situaciones, hubo un rechazo de los hechos y un caso omiso a la orientación. Y cuando los países van en su propia dirección, el virus va en todas direcciones”, agregó.

Al recurrir a la hemeroteca digital de Google es difícil encontrar algunas declaraciones de presidentes citando a la OMS. La mayoría de las fuentes revelan las críticas de Trump en contra del brazo sanitario de la ONU, pero es muy difícil encontrar una frase como la siguiente: “El primer ministro de Reino Unido anunció medidas de confinamiento siguiendo los lineamientos del doctor Tedros Adhanom Ghebreyesis, director general de la OMS”. Lo mismo Reino Unido que México o Estados Unidos o Brasil o Guatemala o China. No hay el mínimo intento de realizar un ejercicio de pedagogía social que se dirija a paliar las interacciones sociales que promueven el Covid-19.

Es notorio que desde hace algunos meses la palabra “vacuna” también ha servido para adormecer la realidad de la tragedia. Es mejor hablar de la esperanza que de la crisis sanitaria. Sin embargo, hay que recordar lo dicho por Nietzsche: “La esperanza es el peor de los males”.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

Lee más de este autor