Para los vecinos del sur, los insultos, las amenazas y los muros. Para los vecinos del norte, el libre comercio a secas.

Tanto México como Canadá tienen mucho en común en su relación con Estados Unidos (EU). La frontera es enorme y el comercio mucho más. Los dos países son altamente dependientes de su relación comercial y financiera con EU.

Hay diferencias importantes. México es un expulsor neto de migrantes, tenemos un superávit comercial con EU que no tienen los canadienses y a diferencia de los del norte, somos un país con una mayoría de habitantes de piel morena, algo que ciertamente incomoda hoy a los republicanos que gobiernan.

La ola integradora de los años 90 llevó a los tres países a forzar una unión comercial que no fue tan natural como se pensaba. Hubo oposición en las tres naciones, pero al final se logró un Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que a pesar de la obstrucción, algunas violentas por parte de la izquierda mexicana, fue todo un éxito para muchos sectores mexicanos.

La realidad es que para los canadienses, el NAFTA, como se designa al acuerdo por sus sigla en inglés, fue simplemente sumar al acuerdo que ya tenían vigente y actuante con Estados Unidos, a México.

Aceptaron un tanto a regañadientes el parche porque al final de cuentas se abrían mercados para muchos de sus productos, sobre todo de materias primas. Pero no hay que ver a Canadá como el más entusiasta del comercio tripartito.

Cuando el huracán Trump amenazaba con tocar tierra con esos vientos destructores del libre comercio, los canadienses decidieron moverse de la trayectoria de la tormenta que apuntaba manifiestamente al sur.

Canadá marcó claramente que ellos no tenían ningún impedimento a mantener el acuerdo bilateral de libre comercio con EU.

En un claro ejemplo del buen gusto y eficacia de la diplomacia canadiense, desde Ottawa hicieron saber a México que si EU optaba por salirse del TLCAN, ellos se quedaban.

Al final de cuentas se trata de un eufemismo para apuntar lo que parece que terminará por ser un acuerdo de libre comercio bilateral México-Canadá. Uno que tendrá que ser renegociado, sobre todo para ampliar sus alcances a la vida del siglo XXI.

Después del discurso de Donald Trump, al recibir y adular a más no poder al primer ministro Justin Trudeau, quedó claro que hay dos raceros para las relaciones con los vecinos. De un lado los amables y adorables canadienses y del otro lado los despreciables y abusivos mexicanos.

Éste es anuncio del acuerdo bilateral de libre comercio México-Estados Unidos. Uno que será muy difícil de alcanzar de una forma satisfactoria.

Así que lo que quizá haya que defender a partir de ahora en la relación con Estados Unidos es que al menos respete las reglas de la Organización Mundial del Comercio. Que ante lo que pretende Trump, la verdad es que no son lineamientos tan malos.

Y a Canadá no hay que condenarlo por salvar su pellejo y dejar solo a México frente a Trump. Ellos, tanto como nosotros, dependen de su vecino para mantener a flote su economía.